Editorial Arguval, Málaga, 2004.

 

Moreno Ayora, A. (2005): “Relato de aventuras” en Cuadernos del Sur de Diario Córdoba, 27 de enero de 2005, p. 9.


“Francisco Morales Lomas, escritor que aúna en su personalidad los géneros de la poesía, del ensayo (que concentra en el ámbito literario andaluz) y de la narrativa (que inició con el título El sudario de las estrellas), acaba de publicar ahora su segunda novela, La larga marcha, que en realidad es una novela corta constituida por veintidós capítulos breves, puede ser calificada como un relato de aventuras en las que participa el propio narrador (en edad aún adolescente) y su íntimo amigo Perito el Tiñoso. Está circunstancia argumental divide las anécdotas en dos grupos: las que afectan a la biografía del narrador, Carlos, y las que vive El Tiñoso por su pertenencia a una familia desestructurada y zarandeada por las tragedias. En el argumento de La larga marcha llama particularmente la atención el número y variedad de anécdotas narradas. La mezcla de acontecimientos y de escenas de tan variada procedencia justifica la heterogeneidad del lenguaje, normalmente directo, apicarado y humorístico, con abundantes frases hechas y juegos de palabras, pero en otras ocasiones moteado de referencias cultas o literarias. Un conjunto que nos aproxima a los años sesenta en Jaén, Granada y Dúrcal.


FRAGMENTO

Yo soy conde, bastardo y algo pendenciero. Lo de conde y bastardo lo decía mi tía Teresa, que en paz descanse; lo de pendenciero lo digo yo, aunque todos me tomaran a veces por el pito de un sereno y así hacían rimar lo de pendenciero y sereno. A veces visitábamos a la tía cuando con motivo de algún viaje, la enfermedad del abuelo lechuza o el nacimiento o muerte de algún familiar, teníamos que bajar a Jaén. A Jaén siempre se bajaba y a Campillo o a Granada se subía. Nunca he sabido muy bien por qué se decía así, pero todos seguían la costumbre ancestral, igual que el ciclo de los nacimientos y los óbitos sin que nadie se preguntara nunca la causa: probablemente sería la fuerza de la rutina y cambiarla significaría enfilar un camino demasiado peligroso hacia la filosofía, probablemente un camino sin retorno. Después de llegar a la altura de la catedral de torres afiladas y altos vuelos rayanos en el cielo, ascendíamos aún más, como si nuestro destino fuera la gloria, por unas callejuelas sinuosas y empedradas, y mi tía nos recibía con la mejor de las sonrisas y un ojo nublado. Aquel ojo anubarrado era enigmático y, a pesar de la ubicua alegría de su hermoso rostro, aunque arrugado, le daba un aire triste. Es como si a un rey inteligente y hermoso le sale de improviso un príncipe tonto, pues igual, se le agua la fiesta. Así lo creía yo de mi tía Teresa que por culpa del ojo velado tenía aguada toda la cara. Pero era muy simpática y siempre que llegábamos nos ofrecía sus mejores manjares que para desgracia nuestra eran los únicos que tenía más a mano: patatas y huevos; de vez en cuando algún alerón de pollo, pero a mí no me gustaban porque me imaginaba al pobre animal llorando en una esquina del corral cojo de un ala, o como quiera que se diga. Mi padre, que siempre ha tenido buen saque, se comía todo lo que le pusieran e incluso lo bañaba con un vino peleón del lugar que siempre tenía a mano la tía. Le importaba un bledo lo de la cojera volátil de la pobre ave. Daba la impresión de que en aquella casa no se comía otra cosa que no fueran patatas y huevos y algún alerón saltimbanqui de pollo y siempre se repetía la misma escenografía culinaria como si se tratara de una liturgia, una ceremonia o un ritual. Incluso los besos se daban también ceremoniosamente. Yo creo que todo ello se lo debíamos a nuestros ancestros que entendían mucho de solemnidades.


El sabor agradable de la comida frita con un jugoso aceite del pueblo quedó siempre impregnado en la memoria del paladar. Sí, porque el paladar tiene memoria y también el oído y el tacto, y si no fuera así, qué sería de nosotros. Había asociado tanto el viaje a las patatas fritas y los huevos que si alguna vez se le hubiera ocurrido preparar otra comida o algún mejunje distinto yo le habría puesto mala cara, porque todo formaba parte del atrezzo de una representación que yo estaba realizando: los olores y sabores del viaje, la subida a la catedral que ante nuestros ojos se alzaba imponente como una novia y el no tener que ir a la escuela. A veces estaba en casa de la tía el abuelo centenario y bajaba del cuarto donde dormía, siempre le gustaron las alturas porque decía que tiempo había de vivir en las bajuras, con los pelos tiesos y plateados como si estuviera a resultas de una pelea con el más allá. Mi abuelo me recordaba mucho la pintura de Unamuno con ojos de búho. Mientras la tía pelaba las patatas, comenzaba a hablar y su garganta gorgoteaba como un jilguero al olor de la patata. Suerte que yo a veces le preguntaba por nuestros antepasados y le hacía cambiar de tercio...

 

 

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Manuel Ríos Ruiz, “Un poeta andaluz: Morales Lomas” (sobre La última lluvia), Diario Jerez, 18 de enero de 2010.


AYER releímos varias veces este poema: "¿Qué hay en el fondo de las cosas?/ Lejos del polvo que se acumula/ sobre ellas como una rémora,/ del olor que desprenden o de la imagen/ que proyectan en su silencio./ Las cosas nos contienen/ como pesados fardos y nos envuelven,/ acaso como mundos vaporosos/ que se pierden en su interior./ Nos dejamos llevar por ellas/ y sabemos sentirnos frágiles/ en su cálido lecho./ De su sombra lo sabemos casi todo/ y nuestra mayor condena/ son sus labios animosos".

 

Este poema que acabamos de releer y transcribir nos parece sumamente original en su concepción y desarrollo discursivo. Es un poema solidario con cuanto nos rodea, esas cosas que está ahí para que nos acompañen la existencia, incluso para que nos definan como seres al tenernos. El poema lo ha escrito Francisco Morales Lomas y pertenece a su último poemario, titulado "La última lluvia" (Ediciones Carena, Barcelona, 2009).

 

Francisco Morales Lomas, malagueño, es autor de una extensa obra poética, narrativa y ensayística. Su dedicación a las letras la comparte con su labor docente como catedrático . En la nota editorial se nos dicta que pertenece a la Generación de la Transición, significada por un humanismo solidario, a una corriente lírica que aspira a impregnarse de la senda del romanticismo cívico. Y la lectura de "La última lluvia" nos ha convencido de tamaños presupuestos creativos.

 

Si en su primera parte,"Ensenadas", se glosa las ascuas del mar, la segunda, "Destino", se abre con un poema "Diccionario humano", pálpito de amor, que consideramos clave en el conjunto de la obra. Leamos sus últimos versos: "Cada vez más dentro del tacto, más dentro del árbol que arde y grita./ Ser entonces la vivienda, su oscuridad que avienta y la corriente excita./ Un suspiro, una cadencia que doblega las piernas y el placer grita,/ grita de nuevo en los jardines de la estancia, en la juventud que nos mira,/ esa juventud de tus manos dulces, tus sábanas blancas de carne ahíta./ Y entonces, el silencio, el silencio que nos ata, como su cirio, a la vida".

 

Francisco Morales Lomas es asimismo un poeta enamorado de su Sur. Y le dedica cinco espléndidos poemas: "El sur con las ventanas abiertas", "El sur a media tarde en el crepúsculo", "El sur donde resbala el agua limpia", "Si digo mi canto, una mano grande" y "El sur con sus pobres y su alegría". Poema este último que se nos antoja el certificado del legítimo andaluz: "El sur con sus pobres y su alegría./ Lleno de toreros que cantan muerte/ y fanfarrias en las ferias del pueblo./ Con las guitarras que callan al gallo/ de la madrugada y su disimulo/ de procesiones que huelen a saeta./ El canto como grito que seduce/ a los sentidos y a la mandolina./ Siempre en la taracea de murallas/ y en su olor a cera de la acera./ Entre la añoranza de lo que fue/ y los farolillos de las paredes/ encaladas con olor a geranios,/ La elegía del vencido y la gloria/ de la sangre en el albero del sol".

 

 

POEMAS DE LA ÚLTIMA LLUVIA

 

 

 

NÁUFRAGOS EN EL MISTERIO

 

 

Siempre náufragos en el misterio.

Barcos con pabellones hundidos

en el fondo del mar a la espera.

Espectros a la deriva y solos

con la noche y su sepultura.

Frutos de un oasis que germina

en el agua y enreda en el viento.

La barca nos espera en la calma,

en el remanso de los jardines

                                con su noche y su nieve oscura.

 

 

 

FIN DE PRIMAVERA

 

 

Sólo era un hombre ante el ruido del mundo.

Mujer que acoge el brillo de los tiros.

 

Y luego el vacío que va creciendo

entre la arena como pasionaria.

 

El mundo estaba en calma y la casa

en silencio. Llegó la noche y Dios

no estaba para pulsar el laúd

de su música. Sólo el hombre en sombra.

 

Supimos ser perfectos con la muerte,

darle alas a la oscuridad y al aire.

 

Mujeres invisibles y hombres muertos.

 

Se despedía el mundo y su tumulto.

Sin la piedad que moldea el silbido

del odio. Y la tierra siendo piedra.

 

Sin cuerdas guitarras. Seres de manos

grandes para empuñar  la suciedad

de los acordes y su desaliento.

 

El mundo estaba en calma y la casa

en silencio, pero el hombre movió

las estrellas y el jardín con palomas

fue el vacilante búho de la noche.

 

*Los versos en cursiva son un préstamo

del poeta norteamericano Wallace Stevens.

 

 

 LA CONSISTENCIA DE LA NOCHE

 

 

Siempre hubo ese ocaso que nos unía

como una caricia que deja perfil

humano. Declinación con su sombra.

Un ocaso con muros de palabras

que se enredan a la consistencia

de la noche. Con bergantes y odaliscas.

Pequeñas traiciones de luminarias

y esa luna con su recuerdo de misterio

a palabras mojadas. Apenas oscuridad.

 

O acaso el viento con su tumulto.

 

Ahora que el vivir se nos hace lento

y nadie nos espera para entrar en la rada

con su vocación de siesta,

sacrifico mi empeño de claridades

y te recuerdo al borde de un vuelo,

como el primer día que nos revelamos.

 

 

 

LUZ

 

 

Digo ojos y se ilumina

la palabra que asciende

al cielo y, fúlgida, enciende

la antorcha de luz divina.

Claro arcano que camina

por las escalas del cielo

y despojada del velo

del mundo, en desconcierto,

alienta en el dulce huerto

la esperanza del vuelo.

 

IV EL SUR

              

 

A Pablo García Baena

 

 

El sur con sus ventanas abiertas

y la majestad de la roca y sus jardines.

Se va nutriendo del desasosiego de las estrellas,

de ese violín que enciende la cosecha

con las frutas de verano.

Nace de las acequias y las blancas fachadas

y va mirando al hombre hacia adentro,

hacia la respiración y los sobresaltos.

Viene de los temblores de las terrazas

y los jardines, de los balates con maizales

y el olivo que acecha la tarde.

Su belleza es fruto de las arenas del mar

y de la luz que se hace frontera y guía.

¡Oh color de ruinas y relucientes huertos!

Están las aves cargadas de luminarias

y en el cielo sus trinos de audacia se llenan.

Canta el desorden caminos y las lluvias

con sus versos encabalgados.

Cantan las begonias y los lirios

evocando el viento y su agua.

Y el sosiego se llena de claveles

y páramos con adorno de lagartos.

Lugares apartados, donde el vértigo

no es noticia, lugares para nutrirnos

de estrellas y respirar como las corrientes.

Con las heridas que deja la guitarra

cuando no sueña, con las heridas abiertas

como crónicas de una infamia.

Y el río en el centro abriendo el mundo

con su lluvia de resplandores.

Alguien es capaz entonces de hablarle

a la belleza con los ojos limpios

y dispersarse entre los blancos caseríos

haciendo náufrago al corazón y su elegía.

 

 

 

 

El Sur a media tarde en el crepúsculo

de las iglesias que huelen a azahar,

con vidrieras que destilan

el color del incendio que perece.

Cada vez más olor que chispea

y entona la sinfonía del viento.

Con sus piedras que van tomando

el color de la muerte y la sangre,

y sus mendigos estirados

con la última ola que se agita.

Cantos que ahuecan su oscuridad

y tejen en la orilla sus espumas.

Cereales con su tea de azafrán

y las eras como círculos que cierran

el sonido de la parva.

Campos que hacen la historia amarilla

y repiten su eterna canción de verano.

Y la angostura del aire con su precipicio

de luz encendiendo como una lámpara

terrestre el cuerpo de los acantilados,

el agrio recinto de la piedra.

Y la verdura de las acequias con su karma

y el agua que ronda los campos

y los hace crecer como emblemas.

Dejadme que os cante como Eliot

la tierra baldía en la hora de las vanidades.

En la hora que el marino llega de madrugada

con su copo abierto al mundo.

En la hora del náufrago que destila

su postrer lamento en La Herradura.

La hora propicia para romper en el espejo

lo trivial y las macetas con sus geranios.

Y yo siendo como él un Tiresias

que contempla ciego la creación:

El Sur que crece con su Támesis

de agua y aceite, con su cántaro

de brasas en la campiña que se estira.

Tierra que acoge el nombre de la nieve

y el impulso del fuego,

el estampido del trueno y el grito de las gaviotas.

Donde la primavera mancha el aire

de una esperanza sagrada

y el hombre crece como una espada

llena de raíces y canto,

como un puñado de música que salta

a borbotones en las fuentes.

 

 

 

 

El Sur, donde resbala el agua limpia,

engaña a la muerte con sus fuentes abiertas,

anuncia con sus trompetas la clara

aurora, un candil de olores que se desfallece.

 

Cerca del remanso, del ramo verde

que la madrugada ilumina azul.

 

A él vuelven los días con su campanas

que marcan las horas, y esta imagen

que pasea conmigo como vieja rapsodia.

 

Atrás quedó la piedra, en el lago

que en círculos concéntricos ahora regresa

para curar los males de hastío y el horizonte.

 

Siempre volvemos a aquel agosto

donde el sol brilla con blancas banderas.

Al regazo lechoso de caminos

y a la ardiente piel de plácido ardor.

 

Entregados al sueño de lo quieto.

 

 

 

Si digo mi canto, una mano grande

conduce el olor de la jara al viento,

a la serenidad de un cielo cárdeno.

 

Llegaba de las aguas de las fuentes,

de lo inmenso de la patria dormida,

del sonido de las norias ligeras.

 

Como el sentimiento de un hombre

que vuelve a casa,

el mundo imaginado en la tormenta.

 

Preso de la fruta que amarilleó el verano,

inmóvil en la crujía de fronda,

como arañando lo dulce del fuego,

en medio del crepitar de las ascuas

y de los mayores que hablan de la tormenta.

 

La significación de la captura

y su niebla que densa nos abraza.

 

Abierta marea que esconde el pétalo

de la alegría y su frondoso encuentro.

 

Aquí estoy, en el Sur, con la música que dúctil

me conduce por las palabras y su misterio,

abriendo puertas al cielo y su celada.

En una torre erigido, con alas

grandes que me lleven a la certeza

de la aurora y su cristal de reliquias.

 

 

 

 

El sur con sus pobres y su alegría.

Lleno de toreros que cantan muerte

y fanfarrias en las ferias de pueblo.

Con las guitarras que callan al gallo

de la madrugada y su disimulo

de procesiones que huelen a saeta.

El canto como grito que seduce

a los sentidos y a la mandolina.

Siempre en la taracea de murallas

y en su olor a cera de la acera.

Entre la añoranza de lo que fue

y los farolillos de las paredes

encaladas con olor a geranios.

La elegía del vencido y la gloria

de la sangre en el albero de sol.

 

 

 

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Ayuntamiento de Málaga, Col. Ancha del Carmen
 

AMOR EN ALTA MAR (sobre Noche oscura del cuerpo de Morales Lomas)Carlos Benítez Villodres.

 

“Noche oscura del cuerpo” es un poemario excelente que su autor dedica “A la mujer, única, plena, constante”. La lectura de esta obra deleitará tanto al hombre como a la mujer, ya que ambos seres, además de complementarse, de formar un todo, son la fuente inagotable de la vida, del amor, de la alegría, del placer, de la entrega generosa… Amar a una mujer que cada día se afana en ser más mujer es el tesoro más valioso que un hombre puede encontrar en la vida, por consiguiente “mostradme al hombre que diga algo contra las mujeres como tales mujeres, manifiesta Dickens, y declararé solemnemente que no es hombre”. Desde que el tiempo es tiempo, los poetas han escrito y hablado del amor. Ciertamente este libro es un bellísimo canto a la mujer y al amor.. Un canto a la vida con una potencia lírica sorprendente, repleto de imágenes perfectamente formadas; de una musicalidad que seduce, que impresiona; de un lenguaje diferente, mágico, en el que predomina la luz y la estética y la profundidad dotadas de una capacidad productora de efectos vitales para el ser humano.


La poética del profesor Morales Lomas se identifica plenamente, según mi criterio, con la de Octavio Paz. Los temas predilectos del autor de “¡No pasarán!” (el ser humano, el amor, la vida, la soledad y la muerte) se vierten en una expresión luminosa, vibrante, de gran riqueza indagatoria y renovadora. Cuando al poeta mexicano, galardonado con los premios Cervantes (1981) y Nobel de Literatura (1990), un periodista le preguntó: “¿Qué pretende el poeta cuando expresa su experiencia?”, contestó sin titubeos ni opacidades: “La poesía ha dicho Rimbaud, quiere cambiar la vida. No piensa embellecerla como piensan los estetas y los literatos, ni hacerla más justa o buena, como sueñan los moralistas. Mediante la palabra, mediante la expresión de su experiencia, procura hacer sagrado al mundo; con la palabra consagra la experiencia de los hombres y las relaciones entre el hombre y el mundo, entre el hombre y la mujer, entre el hombre y su propia conciencia. No pretende hermosear, santificar o idealizar lo que toca, sino volverlo sagrado. Por eso no es moral o inmoral; justa o injusta; falsa o verdadera, hermosa o fea. Es simplemente poesía de soledad o de comunión. Porque la poesía que es un testimonio del éxtasis, del amor dichoso, también lo es de la desesperación. Y tanto como un ruego puede ser una blasfemia”.


Morales Lomas funda su credo poético a partir de sus inagotables manantiales anímicos que enriquecen sus campos de sentimientos, de valores, de experiencias… en ávido contacto con sus congéneres, con la naturaleza y con la presencia de las cosas, que expresa en su relación con su propia intimidad. Por ello, la poesía del poeta jienense, afincado en Málaga, se despliega en amplios modelos formales de tejido comunicativo, los cuales avanzan rápidamente hacia el lector y con el tiempo en distintos procesos de creación muy positivos. Ciertamente en “La noche oscura del cuerpo”, su autor mantiene la disciplina que exige el seguir una serie de ideas, en perfecta comunión, hasta la finalización de la obra, forjando y conduciendo cada uno de estos ingenios hasta el límite deseado, pero sin dar ninguno de ellos por cerrado.


Para el poeta Morales Lomas el amor es el sentimiento intenso del ser humano más sublime. Cualquier persona es insuficiente por naturaleza. Por ello, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser que naturalmente la atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, la completa, alegra y da energía para vivir en plenitud. De estas palabras se deduce que “el amor, expresa Charles Baudelaire, es la necesidad de salir de uno mismo”.


El amor es el alma de la creación y la sensación más maravillosa que puede apoderarse de nuestros sentidos; es poder y es también magia. Mil y un epítetos no han podido describirlo con justicia, a pesar de ser reconocido como el sentimiento más noble que el ser humano puede atesorar. Se vive por amor, se muere por amor, y hasta se mata por amor. “No existe nada más allá del amor, / Ni el vacío del infinito, / Ni la soledad compartida, / Ni los secretos ardientes. / La mujer es entonces / un carbón de sangre, / un nacimiento de pinos y espesuras / yacijas que retienen por un momento / la claridad del universo. / Sólo el sonido de la piedra / Puede apagar tanto amor, / Pero el agua callada nos va meciendo / mientras el infinito nos conduce”. // (Del poema “Más allá del amor”, p. 25).


Al hurgar en el poema - que, precisamente, da título a la obra - hasta su fondo más hondo, sentí palpitar en mí el corazón de su creador. En él el poeta nos lleva desde la soledad, desde la añoranza, por el camino del deseo y la imaginación siempre vivificantes, hasta la esperanza de quien busca lo que ansía poseer. (“Había un bosque olvidado en las sábanas. / Solo en medio de la sobria nostalgia / que produce el olvido. / (…) Y me llegó la aulaga de su luz / Como un aullido de frutas maduras, / El despertar de su rostro de azúcar, / (…) Supe del negro rostro de la vida, / De la savia de sus campos en flor, / De la música suave, / De sus címbanos que al cielo imitan. / Dormir quise en sus anchas / radas protegidas por el fanal / del cuerpo y los encajes de la espuma, / (…) Paciente buscador / Del tesoro que custodian tus piernas”. // (pp. 54 y 55).


Poetas y escritores y artistas…han hecho al amor protagonista de sus obras. Amores clásicos han sido los de Paris y Helena (por cuya belleza se luchó durante 10 años la guerra de Troya, cantada por Homero); el de Marco Antonio y Cleopatra (cuya pasión truncó el imperio romano) o el de Romeo y Julieta, los célebres personajes de la tragedia de Shakespeare. Romeo y Julieta continuarán encarnándose en cualquier lugar del mundo, en cualquier condición, sin importar la edad o el color. Porque la necesidad de amar es más fuerte que cualquier obstáculo. Otros autores, como Omar Khayam, C. P. Cavafy, Federico García Lorca o Pablo Neruda han entendido que el amor es lo único que prevalece ante la trivialidad de la vida. Lo cantaron cuando lo tuvieron, y lo lloraron cuando lo perdieron. “A este lado del corazón amanece / Y el mar todavía nos une. / (…) Tus brazos me acogen / Como el aliento de un recién nacido. / Y soy el pebetero que recoge el vino / De tus labios, el río de tu interior. / (…) Velo la noche, / Nocturno el aliento, / Me rinden tu jardín en penumbra / Y el aroma que despliega”. // (Del poema “Mar adentro”, pp. 118 y 119).


“Noche oscura del cuerpo” forma un todo compacto, indiviso, porque el tema tratado así lo requiere y por el hilo conductor que une a la perfección los 74 poemas que componen la obra. De estos 74 poemas, 36 son monoestróficos y 38 poliestróficos (las estrofas heterométricas predominan, con un elevado porcentaje, sobre las isométricas). El léxico que usa el profesor Morales Lomas es de una riqueza abrumadora. En las distintas estrofas de los poemas poliestróficos, abundan, con creces, los versos blancos libres sobre los blancos sueltos. Lo mismo sucede en los poemas monoestróficos. En cuanto a la métrica, tanto en unos como en otros, prevalecen los versos simples de arte mayor - fundamentalmente los endecasílabos -, sobre los de arte menor - imperan los heptasílabos -, y sobre los de más de 14 sílabas.


Para no extenderme más en este comentario-crítico sobre el libro “Noche oscura del cuerpo”, referiré que el poeta Morales Lomas emplea, con la sapiencia lingüística y literaria que lo caracteriza, abundantes recursos expresivos, sobresaliendo los encuadrados en el plano léxico-semántico, y los del morfosintáctico sobre los fónicos. “Este amor de nosotros / lo queremos risueño, / como ventana abierta que despide / lo efímero y divino conjugado”. // (Del poema “Este amor de nosotros”, p. 145).


Francisco Morales Lomas, Campillo de Arenas (Jaén), 1957. Poeta, narrador, dramaturgo, ensayista, columnista y crítico literario. Doctor en Filología Hispánica. Licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras. Profesor de la Universidad de Málaga y catedrático de Lengua y Literatura Españolas. Especialista en la lírica de Valle-Inclán. Ha realizado también estudios de francés en la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha ejercido su actividad docente en universidades de Granada, Barcelona y Polonia. Es presidente de la Asociación Andaluza de Críticos Literarios.


En poesía ha publicado más de una docena de libros. Ha sido traducido al francés y al polaco. Como novelista, dramaturgo y ensayista tiene también en su haber bibliográfico varias obras.


Desde hace años ejerce el periodismo, y sus artículos han visto la luz en diversos medios de comunicación: Diario Sol de Málaga, Diario 16 de Málaga, La Gaceta de Málaga, Diario Sur…, colaborando actualmente como columnista fijo en el Diario Málaga y como crítico literario en el Suplemento Cultural Digital (“Papel Literario”), siendo miembro de su equipo de redacción. También escribe en periódicos y revistas especializadas sobre crítica literaria, narrativa, teatro, lírica actual… Es miembro de la Asociación Colegial de Escritores, del Consejo de Redacción de la Revista Canente, de C.E.D.R.O., Asesor del Centro de Estudios Andaluces de Málaga.


Está en posesión del Premio de Teatro Doña Mencía de Salcedo (2003), del Premio de Periodismo “Censos 2001” del Ministerio de Economía y Hacienda, del Premio de Investigación Joaquín Guichot, otorgado por la Junta de Andalucía. Fue Finalista de los Premios Nacional de la Crítica (1998), (1999), (2002) y del Premio Andalucía de la Crítica (1998).

 

 

 

POEMAS DE NOCHE OSCURA DEL CUERPO

 

EL AZAR DE LO ETERNO

 

Surge de pronto una alegría

Alta, un extenso celaje

De carne y ojos que me miran.

En medio del camino

Oigo venir al amor

Como un pálpito,

Como un abrazo,

El suave roce de la llama.

Desde la vida sube,

Desde una tarde de vacaciones

Y miradas que se cruzan.

Sólo entonces conozco

El ruido del planeta

Y su algarabía.

La siento como un triunfo.

El azar de lo eterno.

La respuesta de la luz.

Un abril de jardines.

Mía y única,

Recién hallada y nueva,

El agua que eleva mi alma.

 

 

HUELLAS DE TEMPORAL

 

 

Huellas va dejando el temporal

A la altura de tu pubis,

Linfas del arroyo en que me he convertido,

Dedos que son como incendios

Que crepitan en la llama del deseo,

Remos que se clavan en la mar de tu piel,

Río de sangre que se incendia y vuela.

 

Huellas va dejando el temporal

Y labios perfumados a la búsqueda

De ese pecho tuyo que es el refugio

Del amor más rutilante.

Queridos labios que sois la mano

De mis sentimientos,

Sangrientos y humanos en mi vientre,

Surtidores que lloran de placer,

Quién puede olvidar vuestro maná,

El rumor placentero que va surcando

los arrecifes de mis rodillas.

Huellas va dejando el temporal

En el pubis donde ahora brota la hierba,

Se desmayan  tronchados mis labios y tus labios

En la fugacidad de nuestras carnes

Y presos de las venas sucumben

sedientos de agua enamorada.

 

 

 

NOCHE OSCURA DEL CUERPO

 

 

Había un cielo olvidado en las sábanas.

Sólo en medio de la sobria nostalgia

que produce el olvido.

Eterna ausencia que se desvanece,

Gruta de vientos y mareas huecas,

Soplo de la noche oscura del cuerpo,

Jardín secreto poblado de plantas,

Cuna de las huellas de la pasión.

 

Y me llegó la aulaga de su luz

Como un aullido de frutas maduras,

El despertar de su rostro de azúcar,

El abismo de sus acantilados

De seda y algas marinas.

 

Supe del  negro rostro de la vida,

De la savia de sus campos en flor,

De la música suave,

De sus címbanos que al cielo imitan.

 

Dormir quise en sus anchas

Radas protegidas por el fanal

Del cuerpo y los encajes de la espuma,

Contumaz barquero que se alimenta

De sabrosas sedas humedecidas,

Paciente buscador

Del tesoro que custodian tus piernas.

 

 

 

HISTORIA DE LA PIEL

 

 

Ahora sientes cómo la vida

Se va haciendo espesa

Entre las cuatro paredes

Que sólo conocen el goce de ti.

 

Y es un misterio que nuestros cuerpos

obsesos se beban uno a otro

Como si se alimentaran de la eternidad.

 

Sólo dos cuerpos que comparten

La soledad de la primavera,

Una soledad que nos va ocupando

Como en aquel cuento de Cortázar.

 

Cuerpos que despiden el olor

De los almendros, que desde la ventana

Nos dicen que nuestro amor

También puede ser una espesura

De lebreles que se cazan uno a otro

E intentan olvidar la noche que los conmina.

 

Imagínate tú y yo hablándonos con los dedos,

Bebiendo en pequeños sorbos nuestros ojos,

Que sólo ven el resplandor de la aurora.

 

Revolcados en el césped de las sábanas

Parecemos dos dioses tendidos al sol

De nuestras caricias, dos furtivos

Que leen un libro antiguo, el libro

De las pieles, el libro de los labios

Que invocan la servidumbre de amar.

 

Te llevaré a la cama,

Como el que persigue el mar

Desde la ribera y en él deposita las reliquias

Que le ha dado la vida.

 

Y debe ser como tú,

Un cuerpo desnudo que zozobra,

Que jadea, que suda el amor por cada gozne.

Debe ser la vida tu sexo abierto

Y caliente, la fragua de tu tiempo,

El peso de los enigmas que te ocupan,

El deseo de encontrar la felicidad

Entre historias proscritas.

 

Pocas cosas hay tan profundas

Como el vértigo de tus labios

O los aullidos de tu pubis

Que suben al cielo en grandes oleadas.

 

Dulces piernas,

Rituales piernas que me ayudan

A encontrar la lujuria,

Esa prolongación del sueño de estar vivos.

 

Hoy he venido a tu ciudad,

A tus avenidas de árboles frutales,

A tus remansos, a tus jardines

Primaverales y me siento agua serena,

Cubierta de pinares y de caricias.

 

 

 

AMOR UDRÍ

 

 

Estoy condenado a ser Urwa ibn Hizam al-´Udri

Y quemar mi vida detrás del perfume que dejas

Cuando pasas. Perdido en el deseo como una maraña

Que se apodera de mi vida.

Condenado a mirar el cielo por si coincidiera contigo.

Avergonzado de acercarme a hurtadillas hacia  ti,

bebiéndome tu boca en la soledad de un cuarto

Cubierto de libros y la aureola de un amor

Que nunca olvidaremos.

Dime por qué te siento tan lejos,

Como agua turbia que va hurtando

El éxtasis de una tarde que no acaba nunca.

Ojalá supiese aspirar la semilla de tus labios,

Ojalá tu saliva fuera el barco que nos transportara

A los parajes donde compartiéramos el paraíso.

Pero mi corazón es un tiovivo que te rodea,

Una madeja ahoga este corazón débil.

Me veo muriendo, derramado tu silencio.

Mejor es morir de silencios que de palabras,

En la esquina de un cuarto oscuro olvidado,

Igual que las sombras del Erebo.

Mi mundo es una mujer

Que espesa la noche y me ofrece sus encinas,

Su corazón abierto y despejado

Que estrangulo a cada instante.

Pobre Urwa ibn Hizam al-´Udri,

Condenado al murmullo de unas medias

Que van bajando sinuosamente,

Al olor a almendros de un pubis

Que se desvanece en la aurora,

Al brillo de un paisaje que no puede

Beberlo sin que el alma se conmueva.

Hoy vivo en tu garganta,

En el ruido de tus labios,

En el zumo de tus amaneceres,

En el incendio de tus manos.

Amor, tu nombre está todavía sin crear,

Es como una eterna espera que va naciendo,

El caudal de la sangre y la simiente,

El soplo primigenio de Dios.

 

 

 

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                                    Poema de Salumbre

 

                                    INSTRUCCIONES PARA MATAR

 

Al caer la noche

espere en la esquina del sueño,

afile la navaja de la memoria,

huela la profundidad del crimen

que viene de camino,

preste sus sentidos

al silencio y olvide,

olvide que hubo una mano

que acometió su cintura,

un labio que sucumbió

hace tiempo en otra historia

y espere, espere, espere.

Al caer la noche

usted se habrá escondido

para no ser descubierto por la pasma,

habrá ocultado sus huellas

tras unos guantes de plástico,

habrá perdido un instante

en recrear el pálpito de la víctima.

Al caer la noche,

olvide el zapping, los partidos

de fútbol, la noche de amor,

las películas de Orson Welles,

los exabruptos de Burroughs.

Olvide que fue niño,

que el colegio era un crimen

y la adolescencia el cementerio.

Olvide que se enamoró

y sucumbió a la alegría.

Para ser un buen criminal

hay que beber del olvido.

Si lo interrumpe un buen sueño,

aséstele de puñaladas.

Y espere, espere, espere.

Sin la menor reserva

ahí está su víctima,

sus palabras solazadas en el escrito,

su vanidad al descubierto,

su número de identificación fiscal,

la osada procacidad de sus ilusiones.

Sin el menor sigilo

alguien llamará a la puerta

y usted estará detrás,

porque así lo hacen los asesinos

y usted lo es.

Brillará en ese instante la navaja

y esperará a que la respiración

de su víctima llegue a su piel.

Y mate, mate, mate,

verá que el pasado ya no existe,

que el tiempo se ha detenido,

que la sed de la palabras

es ahora un canto,

un silencio.

 

 

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Colección Doralice, Ed. Antonio Ubago, 1996


“(...) Vuelvo a este libro, organizado (los neoparnasianos dicen ahora estructurado”) en tres territorios: , , y . Consciente o al albur, el primero de ellos me recuerda a Baudelaire (le vert paradis des amours enfantines) y a Aleixandre. La pérdida de la inocencia y el exilio son señal de madurez dolorosa. También, aunque el voquible suena tremendo, de catarsis o expiación redentora. En cualquier caso paseamos inquietos por varios poemas de esmerada factura en los que Francisco Morales demuestra que conoce los requisitos para hacer buenos poemas (...) Y de pronto aparece el poema magnífico, el poema hecho de exceso que desborda; el poema que dice mucho más que la gramática de la que está hecho. Un poema cuyo comienzo agarra al lector y lo pasma: . No voy a cometer el error de explicar cuánta sabiduría poética hay en esos 16 versos; la nitidez lírica de este poema viene de algo que es muy difícil de alcanzar; el lenguaje poético se ha puesto aquí al servicio de lo que se está comunicando; no es ya artificio que se exhibe, sino arte que aparece convocado por la necesidad de hablar sobre un sentimiento que sólo puede ser compartido y entendido si al ritmo le corresponde la fluidez de las ideas; del yo sintiente (me miras, me hieres, me amas, mi espanto) al tú redivivo (cuando caminas, tus dedos oscurecen y asesinan). Figuras de un misterio de pasión que se ejerce de modo intemporal, en un alto paisaje de símbolos (...), acuciado por la fugacidad del tiempo en el que el poema vive, aletea....”


RODRÍGUEZ LÓPEZ-VÁZQUEZ, Alfredo (1996): “Senara” en Papel Literario de Diario Málaga-Costa del Sol, núm. 178, 24 de noviembre, p. 7.

 

ANTOLOGÍA DE POEMAS DE SENARA (1996)

 

 

QUÉ TIENE LA TRISTEZA cuando me miras

Cuando me hieres cuando me amas

Cuando las golondrinas del adiós me

Deshabitan y un poliédrico vacío

Sublima mi espanto

Qué tiene esa tristeza que como una

Puntiaguda rama araña las entrañas

Y al cielo escupe las hojas de la

Melancolía el oro de este encuentro

En la mar de las despedidas

Dime qué tiene entonces la tristeza

Cuando caminas y en el rastro tus

Dedos oscurecen y asesinan

Qué tiene la tristeza

Dime

Cuando me miras.

 

 

 

 

 

 

 

SOL Y CARNE

 

                                                       Fait palpiter le dieu,

                                                             Dans l´autel de la chair.

                                                             A. Rimbaud

 

En el altar de tu carne las volutas de la eternidad

Edifican el friso de la esperanza.

Porque esperar es sólo mecer tu desatado cuerpo

En la sombra y respirarlo con el aire y beberlo

Con el agua mientras el horizonte nos ocupa.

Esperar es creer al dios del deseo en el templo

De los ojos, del viento y la tempestad,

En la distancia que envuelve los cuerpos

En una comunión cárnica.

En el altar de tu frente los besos

Plácidamente caminan carne y sol desatados

En la cochura de los dedos, en el afán

De andar perdido en ti como se pierde

La brisa en la oscuridad.

En el altar de tus senos

Raudo desciende y obita el viento.

Palpita dios en todos los capiteles de tu piel

Y se derrama en tus besos en el río

Que fluye desde oriente a occidente

En el amplio mármol de tu catedral.

En la espera se muerden dos corazones.

                                      

 

 

 

PROFANADOR CARMÍN

 

 

Y tus labios volaron en el pretil de mis dedos

como un sello de olvido que deja a la memoria

prisionera y escuálida y no sabe si la finitud

se encierra como un ave negra en ese hueco

profundo y oscuro que el carmín ha dejado era

otoño y los árboles vomitaban victoriosa arrogancia

mustia esparcida por los espurios suelos restos

de un manjar yacente y tú en la lejanía depositabas

tu beso en mis abuhados dedos tan lánguidos

y lejanos como las horas o la geografía era

tan hondo el otoño que sólo labios de hojarasca

soñé en la soledad del tren como una balada

triste y ñoña pasaron tantos otoños mujer que

ya sólo me queda de tu cuerpo de tus labios

de tus senos el profanador carmín de la despedida

 

 

 

 

ALIENTO BÍFIDO

 

 

En tu aliento bífido envuelto mi cuerpo

por la arquitectura densa de los dientes

corredor de amor y muerte nave de lujuria

que en tus encías recala pertrecho de la

ardua marea asciende y desciende el soniquete

de los deseos espada altanera que a los

alveolos alcanza y presurosa recorre

la planicie roma de tu cielo lengua y aliento

y besos y eterno recorrer del día en la noche

en una cabalgata sin fin reposo en el corazón

de tu boca en la honda estancia donde sólo

lenguas construyen esperanzas y alcanzan

el cenit del buen puerto de nuevo la cercana

desolación pugna por alcanzar la comisura

pero los labios las lenguas el aliento

en una excelsa función de amor

repelen sus aristas y alejan los despojos

del deseo Asciende al fin la dicha

por las entrañas y tu larga pasión

presa de mi amor sucumbe y sólo los deseos

                                      caminan juntos.

 

 

 

EL SUICIDIO DE UNOS BESOS ES LA ALEGORÍA

obscura de la muerte que nada entiende

de historias personales

El suicidio de unos besos es como un jinete

enloquecido que al corazón cabalga

y asesina que asesta saetas salvajes

que renace en las pócimas de la soledad

El suicidio de unos besos sabe de la lejanía

del mar de la escarcha de un suspiro

de los ojos pálidos de la noche

y del silencio que como un suicidio

te besa y oprime.

 

 

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Quiroga Clérigo, Manuel: “Las sonoras palabras (Tentación del aire de Morales Lomas)”, en Cuadernos del Sur del Diario Córdoba, 20 enero 2000, p. 10.

 

 

     Ahora que tan dados somos a aplaudir a los poetas oficiales o a los que son “galardonados” en concursos torpemente amañados, es bueno recordar que existen creadores libres, honestos e imaginativos. En esta nómina se encuentra, por ejemplo, Francisco Morales Lomas, licenciado en Derecho y Filología Hispánica, y autor de una docena de libros donde predominan los de versos. En Tentación del aire aparecen poemas magníficos, auspiciados por el sentimiento y los afectos más cercanos, mundo donde surge una historia de viento y de sorpresas, esas leyendas ávidas de alguna vivencia.

El autor, que también es narrador, ha dado recientemente a la imprenta un precioso libro que contiene interesantes páginas donde se dan cita el ensayo, la crítica literaria y el relator fugaz. Este libro se titula El sudario de las estrellas, y ha sido editado por Corona del Sur (Málaga, 1999). Todo ello nos sitúa ante un escritor constante, preocupado por la literatura en sus más variadas vertientes y hombre sumamente disciplinado ante la labor creativa. Se dice que prepara actualmente una tesis doctoral sobre la lírica de Ramón del Valle-Inclán.

    En sus versos late como un especial rigor ese aire de insinuada ternura que hace posible mantener los espacios del sueño. El poema que da título a este libro, Tentación del aire, está dedicado a José García Pérez, director de la colección que publica.

 

 

 

 

Antología de poemas de Tentación del aire

 

Tentación de tierra,

 

bruma que anega mis pestañas

y reclama la claridad

de los serrallos de la memoria.

Olorosa tierra que sacude

las flores otoñales de la constancia,

imágenes que se difuminan

en los pedregales sin cauce.

No abandonéis la belleza

del heno y el roble,

los senderos que eran como huertos

de manzanos o coronas de vid.

Colinas que son muslos

que se solazan en la sabiduría

del tomillo y jóvenes tenebrosas.

Dichosas selvas pobladas

de lunas y culebras,

ventas que corrían entre el río

de los coros otoñales.

Sometido a la luz de las estaciones

corre el marfil por mis venas

como la escarcha.

Pero la tierra vuelve

una y otra vez desde la lejanía,

como una brasa avivada

por el céfiro y la furiosa hoguera.

Hace tiempo que sueño

estos remansos de catedrales

y pinos, los huertos que baña

el sol y son corolas de violines,

espesas rosas que aletean

entre el rocío.

Tengo el corazón abierto

como las alas de un ave,

mientras la música colma

como un jardín este barbecho

que mira extasiado la vida.

 

Tentación del aire,    

 

la dicha de ser finitos cuando la vida

crepita y prende su hoguera

en los arreboles del crepúsculo.

Siento que hoy es un bardal luminoso

que aspira a ser cielo y corriente

levantada, ardida, constante.

Velan mis armas las flores

del sendero que tanto te gustaba

caminar y el arrullo de las esquirlas

es como la sinfonía de mi pobreza.

Hoy la paz tiene arrullos

de bosque y donceles que pierden

sus gritos en las acequias de los montes olvidados.

Siento que la vida penetra

como una daga en este cuerpo

enlucido por romanzas y armiño.

Mi despertar es rojo y desmesurado,

la rabia del viento que se crece

como el beso de una ilusión,

un surtidor de lumbres

que pueblan el mito del hastío,

la razón de haber sido.

Me siento cegado por renacer de aves

y montañas que rompen el cristal

del tedio en este paisaje que asciende.

No sé descifrar el limón del olvido

ni conozco las razones del buitre

ni esa oscuridad que, a veces,

surca esta tarde como la vida misma.

Cerca de lentiscos y primaveras

alzo el ansioso corazón con las aulagas

y cada vez soy más ave febril

que aletea por los montes,

una esperanza que va

tomando cuerpo y fuego.

Queredme como soy,

desarmado y finito,

con el secreto vientre poblado

de agosto y esbeltos ramajes,

una hoguera que es

como la tentación del aire.

 

Tentación del agua,                  

 

del rumor de una fuente

que es como una larga espera.

Agua clara con sonido

que tan dulcemente alborota

los preludios del sueño.

Por montes y valles

la memoria se hace río

de una infancia poblada

de verduras y lágrimas que corren.

Un sendero de agua

que tiembla a cada instante,

como las hojas en el invierno.

Aquí estoy de pie y bronce

en las corrientes que se desploman

sobre mi constancia,

aquí preso de los sonidos

del viento y las esquirlas,

como un enamorado

del rumor de los dioses.

Retumban y gimen las aguas

cristalinas y en un cedazo

son estrellas, gozos del universo.

Entre las hojas escondido

observo la cava de tu cuerpo

en este río que calla y no refrena,

testigo de la dicha,

o mensajero del dolor del mundo.

Prisionero de tu llanto

entono la libertad de tu río,

los límites de tu alberca,

que son las orillas de ti.

Dulce agua que siente,

espesa breña cristalina,

envidia del viento,

hoy tomo la arena que me quema,

la carne de tu sol que danza

y de nuevo la alegría

es un puente y un niño.

 

Tentación del fuego,                    

 

dulce tiranía que despide estrellas.

Desvanecido en la llama

que me consume en la pira

de otro cuerpo, gozo

en la altiva noche de claridades

y resplandores.

Acaso sean espejismos

de una carne de antaño

que aún abrasa la memoria.

En la noche turbia

los jardines de venas y sombras

dejan huellas fugitivas

que son la púrpura que aún acecha,

el olor a besos que hieren,

guedejas que me atan

con la solemnidad de las tormentas.

Mi cintura es verano caliente,

una florida primavera que bulle,

un niño que amó a Greta Garbo

en el silencio de la alcoba,

o a Leonor o a Elena de Troya.

Perfumado de lamparillas de aceite

renazco en ti cada día,

como un agosto de cohetes,

perdido en los pétalos del calor,

en la retama de un deseo

siempre colmado.

 

Más tarde que el primer amor, se olvida  

el aliento de mamá en las noches

de invierno, y el corazón de Julián

cuando saltaba, o el asma de papá,

que le daba un color azulado,

como las  luces de las fiestas de Carlos.

 

Al primer amor lo olvidamos pronto,

casi sin darnos cuenta, de improviso,

en el recodo de unas medias  negras,

en las laderas de unos senos blancos,

o en los ojos de alguien que te devora.

Es la imagen en el viejo papel

de la memoria que se borra rápido

con el borrador de unos besos cálidos

o con la palabra que nos evita

la soledad o la desesperanza.

 

Más tarde que el primer amor, se olvida

uno de sí, y anda perdido como

un fantasma, un barco a la deriva,

en busca de flecos de algún amor

del que no nos olvidaremos nunca.

 

                              

 ¡Escurríos,  gotas! ¡Dejad azules mis venas 

 

en la hazaña del día, en la calma del  mar

que ya se ha detenido y respira a mi lado,

tenue como un guerrero que abandonó el combate!

¡Escurríos en el pie de página de mi historia,

en el ISBN del ser que te mira con asombro,

en el título oscuro con que escribo mi vida,

en todos los postres de esta noche de leones,

en la más mínima caricia de la carne ágil

que es tinta que canta la soledad del escrito!

 Dejad mis venas limpias en la corriente azul

de los ojos que  roen  mis sueños y  se ceban

en la espera oscura de este yogur caducado. 

Si por un momento mi destino se trucara

en  algarabía y pasodobles de delirio.

Si por un momento mi sexo brillara excelso

en el pálpito nocturno y fuéramos uno.

Si por un momento mi alma un mar domado fuera,

dulce hoguera que todo lo  aviva y codicia.

¡Escurríos gotas! ¡Dejad azules mis venas!

 

                       

En vano hojeo mi vida:  

 

vuelan aves radiantes

su boca es amplio palomar

orillas desnudas

con el sexo abierto a la nada

despliegan sus mantos

extienden sus cascadas

arrasan las alturas del techo

buscan alas que prender

su sangre asciende

o desciende tronchada

el día con su cuerpo

transparente despliega manos

el verano libertades

desnudos el agua

Pero mi lecho volteado

por la desolación se pierde:

a mi derecha no hay nada

los labios se han ido

mi orgullo se incendia

y sobre mi fracaso

se precipitan los refranes

y los guiños.

Demasiado tarde para las palabras:

el instante se congela

 y el poema prepara su orden.

 

                                  

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Diputación de Jaén, 2005.


Francisco Morales Lomas, Tránsito. Antología (1981-2005), estudio preliminar de A. Torés García, Diputación Provincial de Jaén, 2005.

David González Ramírez
http://www.anmal.uma.es/numero20/Resen-01-06.htm


Acerca de las «antologías» decía Alfonso Reyes que tendían a correr por dos cauces principales: el científico o histórico, y el de la libre afición. Añade que estas últimas pueden «alcanzar casi la temperatura de una creación»[4]. En rigor, toda antología es una guía de lectura que el antologador propone, haciendo uso de la libre elección. Por consiguiente, habría que concluir que en toda antología existe un prurito creativo. El carácter antológico de una obra, bien mirado, brinda al lector un ramillete de flores escogidas con sumo primor; elección que deviene tras un atento y detallado caminar por la obra de un autor, generación, movimiento o época.


Lo que parece estar fuera de duda es que una antología in vita es la confirmación como poeta, una particular corona de laureles que sirven de signo distintivo y premian una trayectoria rica en expresiones y provechosa en ideas (o pensemos que debería ser esto). Si Horacio dejó escrito ese verso tan manido que refería la igualación entre la pintura y la poesía («Ut pictura poesis», verso que además todos citamos truncado), se me viene a la mano el parangón de las antologías con una enorme galería que alberga estancias y que muestra en sus expositores los tapices de más bellos matices, los mejor compuestos o los de más rica factura; pero sobre todo el antologador atenderá a recoger lo más representativo de un autor con el fin de presentar un surtido cargado de variedad; los clásicos, en uno de sus muchos asientos del argumento (así llamaba Quintiliano a los lugares comunes), afirmaban que lo novedoso da gusto y place. Dentro de la variedad se tratará de realzar las innovaciones que haya podido ir asimilando el creador. Una vez transitada la galería, el lector podrá recrearse con morosidad en las estancias y verlas por entero.


En cuanto a un autor se refiere, una antología es una muestra más que fiable de la trayectoria del poeta, de la madurez que haya podido alcanzar e igualmente de las preocupaciones, sentimientos e inquietudes que éste haya podido ir experimentando con el curso del tiempo. En definitiva, su propia visión del mundo y el modo en que su voz poética lo proyecta sobre la palabra escrita. Con el subtítulo de Antología (1981-2005) llega a nuestras manos Tránsito. Un derivado de esta voz, transitar, se nos descubre, y no fortuitamente, como sinónima de las que he utilizado en las palabras prologales: caminar, recorrer, etc. El lector, una vez comenzada la lectura del primer poema de 20 poemas andaluces transita por los vericuetos poéticos y las curvaturas líricas que Francisco Morales Lomas ha venido cincelando durante más de veinte años.


Dos son las vertientes que creo que definen la personalidad de la obra de Morales Lomas: experimentación y sugerencia (adviértase que ambas son extensibles al fondo y a la forma). Ambas vertientes derraman sus aguas en las estrofas de su poesía. Existe en el poeta un afán enriquecedor por renovar y variar, por descubrir y descubrirse, por reinventar sus propios moldes. Si nos fijamos en sus cuatro primeros libros, siempre va a haber algún detalle que capte nuestra atención (quizá visualmente sorprendan en cada uno de estos libros ahora las estrofas tan dispares que existen entre Basura del corazón y Azalea, ahora la postura vanguardista en poemas de Senara con la omisión de los signos de puntuación; si nos adentramos en su temática los temas que atesoran cada uno de esos libros son también muy dispares).


Es en el poemario Aniversario de la palabra donde creo que cristaliza toda la búsqueda interior y exterior del poeta, donde la poética ha hallado un lugar que se aclimata a las necesidades, voluntades y pruritos del creador. Morales Lomas se acomoda a esa poesía que ha estado en ciernes durante años y viceversa. Esta interrelación se entrevé en el fluir del verso, en el lirismo de sus estrofas, sin forzar los versos ni atropellar las palabras: «Sin querer somos samaritanos / de sueños, despojos que el combate / ha ido construyendo a cada dentellada, / siempre pendientes de la mano / extendida que nos conduce al aposento. / Sabemos, porque nos lo han dicho, / que en cada mano luce el sol, / que cada silencio es un espacio / de luz que nos conmueve, / que cada mañana es el hoy encantado» (de «El reparto de los sueños», pág. 37). No en vano, ha sido Aniversario de la palabra el poemario que más éxito ha cosechado (Finalista del Premio de la Crítica y del Premio Andalucía de la Crítica) y mejores críticas ha granjeado.


En el exhaustivo estudio preliminar (sobre el que más adelante me extenderé, ya que se apuntan temas sustanciales) en el que Alberto Torés García recorre todos los libros de Morales Lomas, echamos de menos la disección de los últimos poemas inéditos que se recogen en el volumen, veintinueve poemas que pueden constituir todo un poemario: Eternidad sin nombre. Por sí sólo este libro ocupa un tercio de Tránsito. Un tema que desde los comienzos ha estado ligado a la literatura ha sido sin duda el Amor. Eternidad sin nombre está poblado por el amor y sus derivados, como la ausencia, la soledad, la sensualidad,... El yo poético se dirige a un tú ficcional, a una receptora. Se cifra en un título la idea general: «l’amour est l’en­fant de la liberté». El amor nos viene trans­mitido en versos que se han despojado del oropel retoricista y la hojarasca vocinglera; aquí tenemos los sentimientos al desnudo. En ocasiones ese tú se particulariza en la amada, como en «Un canto»: «Tú y yo solos, / en medio de la voz, / en medio del mundo, / cultivando la palabra / desnudos y ajenos / a las tradiciones y las imposturas. [...] Necesito que seas un canto, / mi voz, amada mía, / el murmullo de los astros» (pág. 103). No es gratuito que aparezcan plasmados en dos títulos los nombres de Laura y Penélope (nombres que nos traen a las mientes el amor platónico, la constancia, la fidelidad, etc.).


El libro se completa con un estudio preliminar del propio antologador, Alberto Torés García, titulado «El Humanismo solidario». Este sintagma fue propuesto por los propios Torés García y Morales Lomas (antologador y antologado) en un artículo publicado hace unos años. La cita que paso a copiar a plana y renglón es extensa, pero juzgo a bien introducirla para una más completa comprensión de lo que supone la asunción de este concepto. Ambos autores atienden a la poesía de los 90 como una época de eclecticismo, unos momentos confusos que por sus rasgos se traducen en «una permanente contradicción, una dispersión que probablemente pueda justificarse y una voluntad por rehacer, revivir y rememorar [...]. Por consiguiente, el paradigma poético está por clasificar, más aún, está por superar la fase previa que no es sino la selección. Por ese motivo, merecen destacarse los presupuestos y los intentos teorizadores de esa tendencia del ‘humanismo solidario’ que viene a reivindicar la necesidad de recuperar la historia, plantear la reflexión y la búsqueda como desobediencia a los efectos de la inmediatez, rechazando los revestimientos extraliterarios como elementos estructurales». Y más adelante concluyen —matizando aún más esta idea— esgrimiendo que «los estados particulares del ensayo, las artes plásticas, la música, son los que permiten una vida en sociedad que persiguen los componentes de esta tendencia»[5]. Como se nos anuncia en nota a pie de página (pág. x, nota 7) ambos están actualmente puliendo esa declaración de principios de lo que puede resultar una tendencia poética (cualquier término referible a la idea de agrupación, como promoción, grupo, generación, escuela, etc., que siempre son tan controvertidos, tendrán que especificarlo y apoyarlo ellos mismos).
Tenemos un estudio inteligente, minucioso, que brota de una lectura concienzuda de la obra, asimilando de raíz los postulados poéticos de Morales Lomas. Se da detallada cuenta de la poética del autor atendiendo a su obra como un todo, para pasar en páginas posteriores a analizar cada poemario individualmente (a excepción, como anuncié de los poemas incluidos en Eternidad sin nombre, que los excluye deliberadamente). Una detalladísima relación de la enjundiosa bibliografía (en todos los campos, desde el teatro, la narrativa, el periodismo, etc.) de y sobre Morales Lomas se consigna tras el estudio preliminar, ocupando más de treinta páginas. La obra se culmina con un cuidadoso formato de la edición. Ineluctablemente, los poderes públicos se están convirtiendo en los mecenas de las manifestaciones del Arte. La cultura se está haciendo desde las minorías y para una minoría; las editoriales independientes desde luego no pueden hacer frente al comercio del mundo libresco, hoy tan desmejorado y desprestigiado por la recua de borregos que nos inundan.


Me interesa destacar, en otro orden de cosas, que Torés García deja traslucir en varias ocasiones que ciertas afinidades intrínsecas y extrínsecas de la obra literaria de Morales Lomas pudiesen haberlo vinculado al movimiento de «La otra sentimentalidad»[6]. Desde luego, contemplar esta adscripción generacional no sería nada descabellado, pero como dice en otras páginas Torés García «su escritura poética no pretende cumplir funciones de adscripción a determinadas corrientes poéticas sino directamente multiplicar y diversificar las complicidades que pueda establecerse con el lector» (pág. xxi).
El agrupamiento de determinados creadores dentro de un movimiento no es perjudicial para nadie, antes bien, resulta beneficioso desde muchos prismas. Sin restarle valor estético y literario a sus obras literarias, las formaciones de grupos suelen fomentar la endogamia y el gregarismo (y que me conste, esto no es muy saludable para la República de las letras). Se agudiza y agrava este síndrome cuando son los propios creadores los que de forma más o menos artificial se dan cita para concretar abstracciones. Ellos son los que comandan y orquestan la mercaduría desaliñada de la poesía, los jurados de premios de postín, las publicaciones en editoriales de alto coturno, y por si bien no fuera aun se reparten el botín de la mercancía habida (si no que se lo pregunten a los miembros de cierto movimiento, citado en estas líneas). Los forzamientos generacionales no son recomendables; el libre fluir de los pensamientos, ideas, posiciones y perspectivas conformará a la postre las asociaciones.
Por el contrario, Morales Lomas no ha necesitado del aplauso regalado de los corifeos ni alistarse a un ejército para combatir la soledad en la distancia. El trabajo silencioso, apartado de toda mundanal mercadotecnia y de la renuencia que sobreviene a estos contubernios ha preponderado hasta ahora en la obra de Morales Lomas. Afanarse en conseguir el éxito en vida puede convertirse en una trampa mortal; intentar calar en tus contemporáneos (cuando precisamente la cultura vive en una declarada minoría y contradictoriamente ésta permanece en estado de masificación) a veces se transforma en una ilusión quimérica; contra esto, la humildad debe aliarse con el creador y conducirlo a que haga suyo esta máxima latina: tempus omnia revelat (el tiempo todo lo descubre).


En definitiva, tenemos una poesía que cumple la función primera de vehicular un método cognoscitivo a partir del cual el poeta sacia el deseo de apre(he)nder la realidad tangible y exteriorizar las sensaciones que irrumpen en su interior. A su vez, tenemos un poeta que hace de cada libro una expedición a la zaga de nuevos descubrimientos, tomando diferentes rumbos y ensayando rutas novedosas; un poeta que se opone frontalmente al conservadurismo y que se resiste a cobijar en su acervo léxico el término «repetición». Concluyo con unos versos de un versado maestro en materia poética, quien viene a refrendar otro sentido yuxtapuesto al que posee el título del poemario que comento: «Los poetas estamos para eso: / para ofrecerles tránsito a los demás, / para que se encaramen sobre nuestros latidos, y que divisen / un poco más allá, en medio / de tanta oscuridad como nos circunda»[7] (Tránsito).

D. González Ramírez

 

 

Tránsito

Diputación de Jaén


Tránsito de Francisco Morales Lomas
José García Pérez
http://www.papel-literario.com/PL154%5Cpg15401.htm

Este Tránsito, título que Francisco Morales Lomas (Presidente de la Asociación de Críticos Literarios de Andalucía) ha elegido para la Antología (1981-2005) que ha publicado el Instituto de Estudios Gienenses, es un libro total que recoge la obra literaria, asombrosamente abundante en calidad y extensión, de este escritor, poeta, crítico literario y ensayista, que tiende a situarse entre los primeros escritores a nivel nacional.


En él se encuentran recogidas muestras perfectamente seleccionadas de sus obras Veinte poemas andaluces ( 1981), Basura del corazón (1985), Azalea (1991), Senara ( 1996), Aniversario de la palabra (1998), Tentación del aire (1999), Balada de Motlawa (2001), Salumbre ( 2002), La isla de los reacios (2002) Soneto (2001), y su último libro Eternidad sin nombre.


De Tentación del aire recojo un fragmento de su poema “Mis manos ya están lejos”:

Mis manos ya están lejos
en otra orilla, en otro río.
olvidaron la caricia
que la memoria dejó
como un ciempiés
que escapa de los lamentos…



Toda la capacidad de fingimiento del poeta Morales Lomas alcanza su máxima expresión en estos versos de celebración nostálgica que expresa con suprema maestría, ya que a partir de esa huida que manifiesta con la metáfora del ciempiés estará en toda su obra: la intuición de una memoria presente y el rigor de una palabra que late en las entrañas de su conciencia.


Tiempo, amor, desolación, junto a una capacidad para que la descripción se convierta en protagonista va a ser el denominador común de sus obra, que con un realismo social se van a convertir en la vértebra, sostén, de toda tesis poética que abarca sentimientos y pensamientos.


Así en Balada de Motlawa Morales Lomas tiene la capacidad de jugar con el lector en la lúdica, incandescente y libre interpretación del receptor del poemario que, en un momento dado, ignora si lo contemplado por el autor es la magnificencia del río Motlawa o el crucero memorístico de su memoria mecida por los versos:

…Aunque no te conozco,
sé que eres abril
y las flores que te crecen
alrededor como un vergel
son el alimento que hoy me entregas.
Deja que el viento de tus ojos
conmueva mi cuerpo y la transparencia
del día ilumine esta claridad
que hoy nos inunda,
mientras el Motlawa construye
velas y se duermen las olas.



Reconozco mi ignorancia, lo que supone una virtud, en todo lo relativo a la letra oculta de la estructura poética. Soy de aquellos que, como Alfonso Canales, afirman que “la poesía gusta o no”, pero mi poca preparación debee dejar paso a lo que el experto Alberto Torés, en su riguroso prólogo, afirma de la poética de Morales Lomas: “La obra poética de Morales Lomas se impregna entonces de un vitalismo meditado que no deja paso a ningún universo fantamasgórico. En cambio, si existe un recorrido simbólico que incluye entre sus elementos compositivos, la constatación objetiva que a veces se toma el distanciamiento para traducir la amplitud de la desilusión”.


Debe ser esa tesis del profesor Torés, no lo sé, pero es casi seguro que toda esa definición sobre parte de su obra es la que hace que Morales Lomas en el poema Un cántaro de brasas” le haga exclamar entre llamas de nostalgia:

¡Mamá!, te llamaba, y eras agua abierta,
la sensación de un cántaro en los labios,
agua que retorna a su quebrada luminosa
como las golondrinas regresan al verano.

Mamá en el fuego rojo del invierno
acunando las brasas de un futuro
de alpargatas y letanías frágiles,
atenta al desfile de la quimera.

Pero la vida era sucia y ordenada,
de fogatas interiores y abrazos de esparto,
generales que hacen ronda a la noche.
Descosidos y cautivos, no obstante
nos arropaban sus brazos de viento.
Mamá con la alcuza de su vasija
llenando soles en la fuente de la glorieta,
más rescoldos, más cuajada de hogazas…


Toda la poesía de Morales Lomas es un conjunto de voces que dan como resultado que la suya brote con luz propia. Es la palabra con mayúsculas la que se esconde y no, la que brilla y constata la adversidad, la que conjuga realismo con utopía, amor con desamor.


Su poesía es la capacidad de describir su mundo con sus ficciones y fingimientos, pero especialmente con la verdad de su sentimiento. A veces, en un guiño al clasicismo, nos introduce en la mitología, pero las más sus versos nos van a describir, por supuesto que líricamente, lo que es el denominador común del pueblo, de la mayoría y de la minoría, del lector y del que oye, como un eco, que sus temas, sus problemas, son los temas y los problemas del poeta.


Morales Lomas traduce la grandeza del pueblo, también sus miserias, y acude con su saber decir con la palabra escrita a todo aquél que se encuentra en una situación límite a fin de que sus versos se conviertan en brisas de aliento:

…Quiero hacer contigo
lo que la primavera hace con los almendros,
enseñarte que la luna ama la sangre,
que somos una playa creciendo,
un inmenso rayo en la soledad de mundo.



Imposible para mí abarcar su estallido lírico y, por desgracia, casi imposible para usted, querido lector, hacerse con Tránsito, tal vez aniquilado en los anaqueles de las instituciones.



Un lujo poder contar con su presencia, la de Tránsito, en esta tediosa vida que se apaga. O no.

 

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Ed. Cla, Bilbao, 1981.

Librería virtual donde adquirir el libro:
http://www.todocoleccion.net/veinte-poemas-andaluces-francisco-morales-lomas~x7159459


TORÉS, Alberto (2005): “Veinte poemas andaluces” en “Estudio preliminar” de Tránsito, Jaén: Instituto de Estudios Giennenses, pp. XIV-XV.


La mirada y el pensamiento, un sustantivo poderoso y un adjetivo agreste son los ingrediente fundamentales para el rito iniciático de Morales Lomas. Su primer poemario, ya desde el mismo título, lanza un guiño de ojo a la narrativa y poesía hispanoamericanas. Se respira Neruda a lo largo de los poemas, pero es que además el libro abre sus ventanas con cita de César Vallejo para cerrarse con Miguel Hernández. Con ello no sería comprometido rastrear las huellas de poetas del Siglo de Oro, del Romancero, de Rubén Darío, de Juan Ramón Jiménez y en general de aquella poesía atenta al gusto por las formas de la naturaleza. En este sentido, se acusa el predominio del color verde. Un color en una amplia graduación que llega a términos absolutos, incluso de categorización: “Todo es verde, verde negrograma”. La blancura también aparece ligada a los campos, a los espacios libres; el rojo a los papeles, a la pintura, a lo pasional encerrado en el arte; el negro aparece en contextos de tristeza, tragedia, muerte. Un crítico riguroso como Enrique Villagrasa asocia la sensación lectora con el eco plural de las palabras que Julio Cortázar dejó escritas en Rayuela [1]. Se plantea un afán nada imitativo sino que se asienta en lo real e inmediato, en la cercanía de la tierra. Con belleza y fuerza ratifica el poeta nuestras primeras consideraciones : “ Mi pensamiento cubre la mirada de sus rostros,/verde maíz, verde membrillo, verde uva,/traspasa la barrera de la tierra, esa putrefacta figura”. La tierra pues, es el tema central, aunque enlanza tangencialmente con otras realidades: “Encrucijada del cuerpo y la tierra/soltándole inhóspita a las llagas” puede leerse en el tercer poema del libro. Pero no siempre es la tierra bajo un peculiar tratamiento metafórico, sino que directamente es la historia directa del hombre : “Emigración no es paso anual de animales de un sitio a otro...”. Por este motivo, la recurrencia más eficaz para expresar y argumentar las sensaciones que mueven al poeta es la sucesión y acumulación verbal con un manejo significativo de la sinestesia, habida cuenta de que estamos hablando del primer libro de poemas de un autor con poco más de veinte años. Los ejemplos son variados pero rescato la extraordinaria carga simbólica del verso que transcribo: “La voz del nacimiento, del agua verde/atraviesa mi encéfalo”


Aquí figuran poemas largos de un versolibrismo sugerente que ahonda en un proceso metafórico e imaginístico de personificación (nadie es culpable de que el libro/sea la cultura que esculpe algunos rostros), de animalización (buscamos las ovejas tiernas, cariñosas,/como quien alcanza su cenit tardo/de las tardías otoñales), de vegetalización (no somos emigrantes, sí claveles tronchados). Por otro lado insistimos y destacamos la variada policromía del poemario que viene a reforzar esa idea en virtud de la cual, la poesía es una estrategia de nuestra propia realización, es decir, como una interpretación para reducir el desgaste de nuestra vida cotidiana, como una fórmula para dotar de sensaciones a nuestro entorno.


ANTOLOGÍA

 

IV


Ungido llevo tu cuerpo a mis labios
Y toda la savia que en él anida
Castillo tomado en mis ojos se agota.
Se agota tu voz en los recodos
De mi espalda y en tu erizado seno
Breve luz que el viento eleva.
Tardo paso de unos dedos
Por los callejones que el viento
Anega y el tiempo aniquila.
A veces es primavera en tu ciudad
Y desde el mar ocre de los ojos
Se divisan golondrinas marchitas
Que cada noche anidan distancia y silencio.
Es primavera tu cuerpo en la cochura
De mis dedos, en el aliento bífido
De esta lengua espigada
Que atrapa el sigilo de las farolas,
En la cintura que nace plomiza
Desde el asfalto, en los recónditos
Viveros que pululan tu cuerpo.
Y es primavera allí,
En el centro de tu cuerpo,
Donde la vida ha escrito un glosario
De gorjeos y penas,
Cerca de la nada que atrapa
La lluvia del hombre,
Donde tú eres germen,
Es decir, piélago profundo.
Por eso, ya no importa tu pelo
Ni los vendavales que manchan
Las avenidas ni las caricias
Tiernas de esta torre acerada.
Ungido llevo tu cuerpo a mis labios
Y toda la savia que en él anida.



VII

Nos arranca el sueño, no el canto
del tren o la tierra herida, el trigo limpio
de la sangre helada, narcotizada de dedos,
cortos, recortados como las mismas venas de la hoz.

No pensemos, nosotros emigrantes,
nosotros andaluces,
no superamos una rabia encendida al granito,
al yunque de la hoguera ojeada...
Sólo el tiempo como minuto de lucha desesperada
arranca al ojo lo que es de la voz,
a la luz lo que es de Lucifer.

Envuelto como una bruma persecutoria
esa pradera verde crujiente, bolo de luz,
en la incandescencia superflua de rostros.

¡Por favor, siempre rostros, rostros...!
Pero rostros resquebrajados, segados,
encendidos al día y la noche,
luciérnagas constantemente candil.

¿Los sonidos?
Sólo sonidos para la metáfora, imagen
preciosista, pero no grites con imágenes,
puros, pureza de incautos asustados.

No, no... El tren no debe pisar una sola vena helada,
se calentará teñida de vinagre,
verde, de tierra herida.

Esperar espacios abiertos no significa sucumbir,
sólo una palabra eterna para el hacha,
que sólo corta, y eso es solución...
Hacha no corta de raíz putrefacta,
los ojos hierven de sudor...



XIV


Abrazo en vendaval a la montaña inhóspita
Que creció indeleble bajo estos pies pulcros,
Soñolientos, esforzados, montañas de artículos,
Cutículas incluso en los ojos o en el pecho.

La aventura de la montaña entreabierta
Al postigo de nuestra habitación, oculta,
Mensajera: allá fueron los granizos de la piel,
La pelambrera estancia remozada en vino.

Maldito cartón que nos cubría la esclerótica,
Verde zanja de cipresales huérfanos ya
Somos, existencia de postigos descuartizados.

Mirad, mirad, ¿veis entonces una súbita
Hondonada aquí, en el cráter de mi pecho,
En la estulta sombra de mi cara, en mi sexo?

Una teja tras otra rompiéndonos un cerebro
De viña, de aguardiente para los jugos.

El monte sí, allá, sopla a las nubes
Sus añejos sitios, los arrambla, los hace sutileza,
En un sigiloso encuentro amoroso.

Nosotros entrañas, harina, miel, pisamos
El monte de la tarde, de St. Julien o St. Maximine...

No importa la existencia,
La comida, la bebida, la casa...
¡Para qué los plagios de ventanas verdes,
los acordeones al exterior!
Solo contra la boca abierta tenemos sueño,
Suculento, postura introvertida en los senos.


xx

Ese espacio devuelve al pájaro a su hábitat
instaurando un arco iris de rojo vivaz,
fuerte remembranza hacia el futuro.

El esqueleto de esa tarde puede esculpir
la carta escrita años ha con el devenir de los pasos.

Cansadas nubes esperando un maná hambriento.
Pechos desalojados de horas:
Son como un recuerdo perdido, un copretérito
de nubes verdes, fláccidas y soñolientas.

El parto del campesino es una rúbrica
de luces, un panteón enamorado en los días
de tierna lluvia, llameante corazón plateado.

Un retorno de caminos, un paso transido
pretérito, suave, cabizbajo...

La pasión de la tierra
como sombra de estrellas.
Y siempre dormimos de Béziers a Huelva.


 Enrique Villagrasa en su artículo “Visión poética del momento”, Diario Español, Mayo, 1986 insistía en que F. Morales Lomas “dibuja como nadie el sentir temporero”. El propio poeta asegura que es “una introspección en la conciencia del ser extrañado bajo el paisaje mercenario de la vendimia”.

 

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