Jaén: Diputación Provincial de Jaén, 1998.

(Finalista del Premio Andalucía de la Crítica y del Premio Nacional de la Crítica.)


GAHETE, Manuel (1999): “Memoria habitada” en Cuadernos del Sur de Diario Córdoba, 1 de julio 98, p. 11.



“Francisco Morales Lomas rompe con el oscurantismo que envuelve la poesía jiennense, mostrándose una dimensión virtual que alumbra un poderoso universo lírico no exento de memorias cotidianas, pero trascendidas por la filosofía, por el análisis cuticular de los lenguajes literarios y las tradiciones que nunca mueren, porque significaría perder de vista las raíces que alimentan nuestra cultura. Si alguien piensa que referenciar la magia de los mitos, el fulgor de las rosas recién cortadas y sus ecos clásicos, la emoción reprimida del prisionero en los romances prerrenacentistas, los ubi sunt medievales de Jorge Manrique adulzado por la palabra andaluza de Juan Rulfo, la voz húmeda de los poetas barrocos y románticos (Francisco de Quevedo, “más poderoso que la muerte”; Bécquer, “En un ángulo oscuro”) y los prototipos psicológicos de sus más geniales creadores (don Juan, Mefistófeles) es una exhumación arqueológica de palabra y piedra muerta, ciertamente tendré que lamentar la carencia de ideas de quien ignora u olvida, incapaz de crear una nueva mitología porque la antigua luz no ha sido absorbida en los jóvenes labios sino abrasados por ella y en la conflagración definitivamente secos y estériles.
(...) Actualidad y nostalgia. Historia y periodismo. Ciencia y capricho estético se yuxtaponen y se complementan para mostrarnos un vigoroso aliento empapado de mitología y épica, con nombres propios (Zeus, Apolo, Narciso, Erebo, Virgilio, Caballo de Troya) y temas intemporales como la desolación, la añoranza, el amor y la muerte. Clasicismo y modernidad aparecen tachonados por reminiscencias ancestrales”.

 

 

SELECCIÓN DE POEMAS



EL VERBO DE LAS CACEROLAS

CALLES DE INVIERNO POR LAS HERIDAS

Vagan por las heridas mustias calles de invierno
Como una procesión triste y antigua.
Las heridas tienen enormes avenidas
Y aceras amplias y semáforos que regulan la murria
Y encienden el verde de la ilusión pasajera
Y el ámbar de la indiferencia
Y el rojo de la desidia.
Nadie sabe quién ha sido el ingeniero
O el desdichado arquitecto que a la herida
Le ha edificado tan abultados monumentos
Ni cuáles son sus intenciones ocultas.
Nadie se explica por qué a una herida
Se le debe construir toda una ciudad,
Un parque o una casa de salud.
Nadie acierta a saber por qué
Se extiende tanto hacia los montes
Y alcanza los abismos innominados
Y te deja el corazón manando áloe y desconsuelo.
No hay causa aparente
Para la invasión de calles y plazas;
De árboles y barcos, sólo sé que poco a poco
Me están ahogando,
Y caigo en el abandono como un expósito
Ante los cascos de los arrabales.
Y ya me van creciendo las avenidas
En los pasillos de mi tenue alegría
Que va callando envuelta en la niebla.


LA CAMIONETA DE LA NIEBLA

Papá dijo que la ciudad nos esperaba henchida
tras los cercanos montes en bruma,
aquellos montes ahogados en las nieblas densas,
oscureciendo el lento caminar de un incierto futuro
y marcando con un arado de noche los límites de nuestras vidas.
La camioneta, cargada de muebles, lamía el manto
del asfalto y atravesaba desiertos poblados
donde el olor a soledad producía miedo.
En un hueco que los desvencijados muebles
me habían dejado, contemplaba el paisaje noctámbulo
que se iba perdiendo como Gretel
perdía sus granos en el bosque.
Al cabo de los años volvería a desandar el camino,
pero la tierra había escrito un romance anónimo
en su geografia:
lánguidos vientos del cierzo,
aquellas flores encendidas
de mayo, cenizas por sus corolas supuraban
igual que el eco en el mugir de las horas.
Llegamos a la ciudad, un cúmulo de pesar
que me fue arrancando poco a poco de la tierra,
el seno materno de mis días infantiles,
cuando la aurora no tenía límites
ni inviernos ni hojas derrotadas en el suelo.
Al cabo siempre es otoño en mí,
siempre una camioneta
que se va alejando en la bruma de la gran ciudad:
el raudo anochecer de todo lo que fue.



HOMBRE

Ese hombre solo
que en los labios del día
mece la sonrisa de un sueño
cruza por calladas calles,
desiertas avenidas
que guardan la rabia
en el adobe de sus telares.
Sólo sabe sonreír,
extranjero errático
en ciudad de fábula y barro,
y ensuciar con cálidos orines
antiguas cenefas de catedrales.
Vaga por el lomo de la desolación
como un funámbulo
en el cielo del alambre
que en su cuello habita cada hora.
De las veleidades de la fortuna
es perito y consejero
de las heridas de las estrellas.
Algún día, cuando menos te lo esperes,
te fumará los sueños.

EL REPARTO DE LOS SUEÑOS

Sin querer somos samaritanos
de sueños despojos que el combate
ha ido construyendo a cada dentellada,
siempre pendientes de la mano
extendida que nos conduce al aposento.
Sabemos, porque nos lo han dicho,
que en cada mano luce el sol,
que cada silencio es un espacio
de luz que nos conmueve,
que cada mañana es el hoy encantado.
¡Sabemos tantas cosas,
somos tan sabios!.
Respondemos cuando se nos pregunta
y lavamos la cara de la soledad
con la melodía de las lágrimas.
¡Somos tan sabios!
Caminamos la larga jornada
con el primer beso de una madre
altiva que nos reconoce a cada instante.
Todo lo sabemos porque somos sabios.
Nada nos limita,
somos inmortales,
conducimos el espíritu por la derecha,
no bebemos de las aceras
que se estremecen,
ni fumamos en el alambique de lo etéreo.
¡Somos tan sabios!
Pero durante la noche
el espíritu aletea ausente
y el triste niño que somos llora
y el desconsuelo construye sus arcajes
y los venablos de la desolación
vomitan sobre la sabiduría conquistada.

TCHAIKOVSKY 6ª

Trapos tendidos al viento de poniente,
figuras humanas que bailan al son
de sus formas.
Cerca los cipreses ventean la eternidad
mientras agujas frías
vencen la calma, el lento
del cuarto movimiento.
Llega el claxon desde la monotonía
de lo cotidiano y un concierto de nubes
asume la huida hacia Al Mulhacem.
Tchaikovsky tiene la cadencia
de la nube y los trapos tendidos
al cierzo y el dulce runruneo d
e la tragedia líquida
que va traspasando uno a uno
todos los poros de Leonard Bernstein.
La música bien tañida,
la oscura nube,
el viento desolado,
los cipreses del amanecer,
dioses de lo cotidiano, todos
y cada uno en la bruma radiante de Tchaikowsky.

CREENCIAS DE UN BUEN TIEMPO

Edad luminosa cuando prendes el piélago
profundo en una bocanada de osadía y por el mar
tempestuoso del cuerpo vuelan y se desvanecen
los aleteos impúberes de mil saladas gaviotas.
La realidad y la noche se van juntas de la mano
por los tortuosos caminos que el horizonte construye
y la felicidad, engreída, bien puede caber en la comisura
de unos labios o en una botella de cristal.
Todos los nombres son entonces gigantes
palabras pletóricas rescatadas del vacío de la memoria,
aposentos de una mirada amplia y serena
que bucea en la realidad y la edifica
a cada paso como en el origen de los días.
Sois los dioses de la palabra certera
porque habéis recogido el mundo
en sonoridades nuevas que sólo marchitarán
cuando el tiempo, pertinaz compañero de viaje,
las deshoje en el otoño de los días.
Niño que me miras desde los ocho años,
castillo hierático,
vital consistencia de la materia,
hoy creo en ti y en tus exultantes labios
y en los dedos que señalan nuevas rutas
y en la voz deslumbrante
que a cada instante crea.
Hoy creo en ti,
palabra en movimiento, pausa,
imagen y sueño,
metáfora de lo que quiero ser.
Sólo en ti creo.

ESA HOJA VERDE

Esa hoja verde, que mece el rubor
de las horas y el viento decrépito
que la zozobra, te observa desde la distancia
y te ves envuelto, de pronto, en la lozanía
de su ávida presencia.
Su espacio en movimiento es la vida
que crece y se consume a cada paso
como tú cuando la miras.
Sólo ella eres tú
y tú en ella
como una unidad vencida.
Simula el descrédito de la heroína
que disuelta en la savia
quiere perderse y fundirse
y tú no vacilas en darle la mano
y caminar de su semilla
por el pálpito del abigarrado parque.
Siempre la buscas
en la desbandada de la noche
cuando sólo tú y ella sois unidad
en lo absoluto.


URBIS

Coronan la ciudad morenas crines
que lamen rocas y aguas fecales,
que prestan sus bridas a los amaneceres
opacos y deshilachan las conciencias
y los deseos de eternidad.
Cuando la ciudad adquiere tintes
de boato y resurgimiento, toda la mañana
quiere sublimar la agonía de sus aceras,
el raudo paso de los caminantes
que, como aparejos tendidos al sol,
prestan alambiques de osadía
a la vida que llega.
Sentirse cosmos en la ruin espera del charol
de unos edificios que te observan
desde la cercanía e impregnan
tu cuerpo de la soledad compartida.
Hay hombres en las esquinas de sombra
solazados en la contemplación de lo huero
y huidizo, hombres tiernos que portan
en el ojal de su compostura
el bello belfo de la derrota
y niños lejanos que corretean
sus labios por estrechas callejuelas.
Tiene la ciudad el canoro rubor
de lo desconocido e intangible,
aquello que los sabios que en el mundo
han sido llaman «saudade».


RECINTO SAGRADO

Una biblioteca es un recinto sagrado
donde jóvenes inclinados desmenuzan el tiempo.
Todas ellas tienen una esperanza
y un anhelo grapados a las hojas de tantos
y tantos libros que las empapelan.
Me reconozco en las bibliotecas y en el alma
que las habita: cadencia de conocimiento
que vaga como halo sobre cabezas tronchadas.
Buceo en mesas, en amplios anaqueles,
en espíritus que se acomodan a las sillas,
siempre silenciosos, siempre serios
como caballeros antiguos, quijotes
en busca de dulcineas de celofán.
Son espacios que me pellizcan
y me obligan a olvidar
esa cansina araña ciempiés
que llaman paso del tiempo.
Definitivamente me quedo arropado
por sus letras y su monotonía
como un impedido que babea
con la mirada de sus torvas grafías.
Y todo se me torna vago sueño,
dulce sonrisa, guiños de letras negras
que me van atando a la vida
con su ruidoso murmullo de silencios,
ladrones oscuros, arrebatos de la voluntad.

 

 

Mamá siempre convivió con las palabras

De las cacerolas y el diálogo lento y prolongado

De la plancha deslizándose sobre la tabla.

La geografía de sus sentimientos andaba perdida

Por los castillos que las arañas construíanEn los rincones y en los devaneos de las hileras

De hormigas que habitaban los huequecitos

De los rodapiés.Mamá desnudaba sus más íntimos sentimientos

En la soledad de las cosas cuando cada mañana

Todos descendíamos los escalones de casa y nos

Alejábamos.

Era un encuentro prolongado con un cuarto a media luz

Que dictaban las olvidadas letras de un tiempo vivido

Que poco a poco se iba apagando en la llama fría del hogar.

Mamá atizaba el fuego igual que la luna atizaba las olas

Y esperaba que la polilla no corroyera los lazos

De la memoria, aquellos vestidos de antaño

Que con tanto amor guardaba en el armario.

Mamá siempre anduvo perdida en el ocaso

De la luz eléctrica y en los rancios olores a grasa.

Mamá siempre ha sido ese pez solitario

Que da saltos y zozobra en el mar de los muebles

Y no sabe muy bien si los hijos o el marido

Son prolongaciones de una pared desconchada

O musas que le obligan a estar viva.

Siempre mamá, en todos los objetos

Que me acompañan con el beso cálido del más allá.

 

Ir al principio




Málaga: Canente, 1991.




RODRÍGUEZ LÓPEZ-VÁZQUEZ, Alfredo (1987): “A propósito de Azalea de Francisco Morales”, en Canente, núm. 11, Málaga, pp. 138-140.

Apuntaba Luis Cernuda, hablando de Pierre Reverdy, la percepción en toda poesía, de una , que, como el espléndido poeta había sabido ver, no siempre acompaña al quehacer literario. Algo similar podría decirse de este libro, hermoso, difícil, arduo en ocasiones no carente de cierta brusquedad, que firma Francisco Morales Lomas. Me explicaré.


Cuando alguien acepta emprender la búsqueda de una vía de expresión literaria, ese alguien acepta, al mismo tiempo, el riesgo de la tentación. Una vez adquirida la destreza en el oficio, o, cuando menos, cierta entidad estética, sobreviene una primera tentación: la perduración del oficio, el anquilosamiento de estilo. Unos poetas, en ocasiones tentados por la buena –o mala- acogida crítica, se instalan en una forma adquirida, en un estilo reconocido; otros buscan, ante todo, continuar su camino, aunque sea éste difícil, teniendo su meta puesta en que la poesía no es un sino un pleno ser en sí, una comunicación con el fondo escondido, aterrador a veces, del alma del peota y de los escondrijos de su mundo y su lengua. En la trayectoria poética de Morales Lomas hay un libro juvenil, ardoroso y en gran medida, romántico, escrito y presentado bajo la advocación de César Vallejo. La huella del genial peruano es ahí inequívoca, y tutela la andadura de Morales Lomas. En Basura del corazón (Barcelona, Rondas, 1985) se apuntan inmersiones en un espacio que ya se adivina como personal y anclado en lo cotidiano: cierto expresionismo violento no desentona de los temas que elige su autor, aún obsesionado por acentos vallejianos en el lenguaje, tutelado aún su verso por intuiciones ajenas; a medio camino aún entre al forma explorada por otros y el temor a ahondar en su propia experencia, no decimos vital, sino exacta y hondamente estética.


Azalea es ya un libro personal, y al teimpo que nos descubre a un poeta que realmente empieza a serlo en este libro, nos enseña no pocas cosas sobre la dificultad y el riesgo de hacerse poeta. Por un lado el poemario aparece como un sistema articulado de manera muy coherente: un poema independiente, “Flor de Azalea” a manera de primer espacio lírico, según el epígrafe “Parábola del navegante”. Curiosa elección: “parábola”, que nos sitúa en un mundo simbólico (o, como querría mejor Kostas Axelos, simbológico), el agua. El lector entra en el poema recibiendo una admirable dentellada: “En este día que es noche/cargada de leones, alguien/ha embarcado en la mar de púrpura”.
Más allá de la hermosura de la expresión, innegable, se nos ofrece una introducción a la muerte, residencia última de la vivencia poética. Un acierto, consciente o no, es el paso de ese presente inicial a un oscuro pasado marcadao por el imperfecto transformado en pasado simple para sugierir el sacrificio de la parábola: “Soñó/buques negros y parvos hombres...y el barco, herido en sus entrañas,/ se desarboló”. La proyección metafórica de esto culmina en la palabra y en su evocación: flor de azalea. Que según el epígrafe del libro, extracto del Diccionario de la RAE, es “arbolito ericáceo, originario del Cáucaso, de hermosas flores reunidas en corimbo... divididas en cinco lóbulos desiguales que contienen una sustancia venenosa”.


Estamos en el territorio de la belleza y la muerte, esencia misma de lo que sentimos como poesía. Los dos epígrafes siguientes, Niflheim, Muspelheim y Variaciones sobre un tema del Génesis son de difícil lectura, como lo es siempre la poesía de corte alegórico. No es evidente que en ellas el peota haya acertado con la elección del tono: conceptos como “eternales golondrinas”, “polvo quebradizo” (...) parecen proceder de la etapa anterior del peota, más preocupada por constreñir las palabras a su pasión conceptual o existencial que a buscar la expresión de esas pasiones indagando al mismo tiempo en el sustrato lingüístico del idioma y el ritmo de los versos. La impresión que tiene el lector –al menos el lector que intenta integrar su sensación personal en la propuesta poética del autor- es que hay un exceso de discurso par exponer algo que requería más intensidad y, tal vez, más fulgor. Quizá no sea tarea del crítico apuntar posibilidades alternativas, pero en algunos casos nos resulta inevitable hacerlo. Así, el poema que empieza “Cuando tu pezón de niebla” sitúa al lector en un putnto vital acuciante desde los primeros versos: “comprendo que la nave ahogue en silencio...”; a partir de ahí el lector tiene la impresión de que el poema se torna excesivamente literario, innecesariamente retórico: ¿por qué “el amor que el ubicuo anhela”, o “emerge y emponzoña los surcos del cuerpo”? ¿No mejora el poema, y su ritmo, con “el amor que anhela” o con “brota y emponzoña su cuerpo”?
Sin duda el libro se perfila con mayor claridad y se ofrece de una manera más límpida en los poemas del apartado IV (no en vano escritos bajo la pluma de Fray Luis de León), como en el pasaje “hilvanando ternura y ocaso,/hilvanando labios y voces, halagos y anhelos” o el poema “Eternidad y barro” en donde encontramos al misma fluidez lírica que al comienzo del libro. Así la imagen “espada de besos que cabalga/ a lomos de la piel de un corazón sublime”, o, poco más adelante la inquietante sugerencia de “y algún pasillo de lujuria/ entre tus ojos”. El libro se eleva definitivamente en el “Tríptico del peregrino”, donde volvemos a sentir toda la emoción contenida que proporciona el espacio mítico en donde nos movemos (“con el mar llega el aliento que en los ojos/ se enajena”) y en donde acechan los miedos más intensos, expresados con clara percepción poética: “incluso en el quejido ahoga/ un alfanje de niebla”, o bien, “lvantas a horcajadas tu silencio/ para hacerlo/ quejido y llama y la ceniza te escucha en los ecos”.


Esta experiencia se resuelve de manera espléndida en el poema “Por el aire”, a mi entender el más logrado e intenso del libro, escrito en tono de irrealidad ensoñadora (A veces el viento penetra... quizá será que ha llovido... quizá todos los quizás no signifiquen nada... a ves es noche en mi habitación y llueve”) y en donde vemos reparecier imágenes de raigambre romántica y resolución formal expresionista (es decir: procedentes del fondo íntimo del propio poeta, según se ha visto por los poemarios anteriores) como “quizá será que todavía cuelgan/ de los tejados amaneceres rotos”, y una capacidad técnica ya reposada y asumida, que organiza toda esa experiencia sensual y metafísica en unos versos finales de elegante y esmerada sensibilidad: “Qué viento más raudo el que ha llegado esta noche/ qué viento, pequeña, me ha cogido por los hombros/ y ha perseguido mi sombra por el hall, qué viento”.

 

ANTOLOGÍA DE POEMAS


POR EL MAR


Con el mar llega aliento que en los ojos
se enajena y vibra cuando mesa los rutilantes
espacios terrales, incluso en el quejido ahoga
un alfanje de niebla y precipitado huye
en la marea. Huye porque ha vulnerado la virginidad
de plata y ha sido toro erecto en la Europa
de tu cuerpo. Huye con la precipitación que ofrece
el viento y el sigilo que arropa rumor del aire.
Con un estandarte de niebla en la frente ha buscado
nuevos rumbos y ha llorado la savia amarga
que el cuerpo acogiera.
Era alma cuando hacia Euménides extendió la arboladura
de su copla y siempre compungido y pesaroso
lo he seguido. Lo he seguido porque es Alma
la estela que deja su paso, porque en cada puerto
de niebla precipita esperanza, porque escarchea labores
en los confines que alcanza.
Ay mar, que desde el acantilado
del cuerpo te precipitas en la Mara,
mar de papel y viento donde cela el hálito
fugaz que nos embarga.


POR LA TIERRA

 

Cilicio y sólo cilicio el cubil de tu frente
y de ese paraje verde donde la sangre mora,
cilicio que inunda el valle y la montaña
cuando preso alza el vuelo hacia el infinito.
Si lanzas al viento tu llanto, escarcha y lluvia
la sombra que sobre la tierra se solaza
y pudre, como un venero de óbitos dispuestos
a engendrar la ceniza del dios que has sido.
Sí, anciano guerrillero de batallas perdidas,
con una mano aprehendes la tierra y con al otra
levantas a horcajadas tu silencio para hacerlo
quejido y llama y la ceniza te escucha en los ecos
que el vendaval difunde.
No has visto, harapiento anciano, que la aurora
cubrió de nubes su maculada frente y es lluvia
y barro lo que de su cetro baja.
No te das cuenta, infame engendro, que tu Dios
ha nevado sobre ti desde el origen y la sal
configura tu rostro enjuto e inane.
Tierra y hombre en eternal aflicción,
soledad unánime del que ha sido dios
y está inmerso en ruinas.



POR EL AIRE


A veces el tiempo penetra por tu boca y el regazo
De las venas lo disuelve. Parece música y parece
Polen el sudor que emite y tus ojos se empañan
Del día porque ha sido aliento la nota aspirada.
Por ello, cuando el llanto bulle hacia el infinito
Y la solidez de su cuerpo salobre cae a tierra,
Te miro el rostro y algo se escapa.
Quizá será que ha llovido y el viento ha penetrado
En tu lecho con la aflicción del herido y el lamento
De lo fugaz, quizá será que todavía cuelgan
De los tejados amaneceres rotos y alguna cisterna
De lágrimas; quizá será que hoy es domingo y el gran
Dios ha descendido con su batuta de cristal.
Quizá todos los quizás no signifiquen nada
Y yo sólo sea un zafio impostor que ha roto
La botella de amor en algún rostro ingenuo e impróvido.
Todo puede ser, incluso tu rostro bañado de adiós
Y la silueta de sombra que despide en la aurora nocturna
El hombre que ha dejado tu lecho.
A veces es noche en mi habitación y llueve
Con lentitud en mi pecho y el alma se habita
De ti porque sabe que no te has ido y es el polen
De tu cuerpo quien le aprieta y condena.
Qué viento más raudo el que ha llegado esta noche,
Qué viento, pequeña, me ha cogido por los hombros
Y ha perseguido mi sombra por el hall, qué viento.


Ir al principio




Torés, Alberto: Balada del Motlawa, en Canente, núm. 2, diciembre de 2001, págs. 258-260.

 

Francisco Morales Lomas es, dentro del campo literario un trabajador infatigable, de manera que el dicho en virtud del cual el arte se compone fundamentalmente de trabajo –entendido y ratificado por Picasso- encuentra en las múltiples inquietudes de Morales Loas toda su razón de ser. Crítico Literario, narrador, dramaturgo, docente y poeta, ha mostrado siempre una feliz luminosidad expresiva a la vez que una absoluta implicación con el texto y su entorno. Balada del Motlawa, tras haber publicado 7 poemarios, 20 Poemas Andaluces (1981), Azalea (1991), Senara (1996), Aniversario de la palabra (1998), Tentación del aire (1999), Salumbre (2001), acaba de publicarse en la colección cordobesa “Los Cuadernos de Sandua” con más de 80 títulos en la calle. Morales Lomas afianza desde un principio alguna perspectiva que resulta a la sazón crucial para leer con rigor su obra poética. Aquí, entiende que no puede darse ninguna estética, ni siquiera un avance en una estética en concreto sin el detenido conocimiento del entorno, sin la reflexiva mirada hacia el pasado, en definitiva, sin la enriquecedora red de relaciones que la aventura viajera aporta. Un cierto tono de rebeldía hacia lo decadente, la desilusión y la mediocridad de un tiempo, podría considerarse como un rasgo de una tendencia poética emergente que viene a conocerse bajo la denominación de “humanismo solidario” de la que el poeta jiennense es precisamente uno de sus ejes básicos. Retomamos una aportación de José Ángel Valente para su aplicación en la escritura de Morales Lomas ya que éste se decanta por las “palabras substanciales”. Palabras que buscan la belleza, la exactitud y la plena significación con la suma de saberes, intuiciones y expresiones intensas. Pero además, habría que señalar la presencia pulmonar del hombre y de la historia, todo lo cual configura un sustento que actúa como contrapunto a los flecos de los brillos efímeros así como antídoto de la sinrazón y finalmente como rumor intelectualizado que lúcidamente transgrede quiebras, caídas y pérdidas. Esas naturales conexiones entre nuestro interior y el hecho social son una dimensión más de la escritura de Morales Lomas, entiéndase como un proceso de búsqueda y de maduración hacia la propia conciencia cuando no hacia el papel que ha de desempeñar el generoso oficio de la escritura. El despliegue del pensamiento, la formulación de un lenguaje sugerente y descriptivo, original y auténtico tienen forma de balada como si de forma traslúcida e inquebrantable el poeta quisiera introducir la vertiente de atemporalidad que encierra la música para conferir a lo perceptible un apunte de intangibilidad. Mas es sólo parte de un todo ya que la música y todas sus connotaciones discurren por el río Motlawa, en un claro simbolismo de renovación a todos los efectos. Witold Gombrowicz y, en menor medida, Stanislaw Witkiewicz junto con Bruno Schulz, son las referencias literarias polacas que le sirven para extender sus objetivos. El desarraigo, la búsqueda de una verdadera actitud humana, la otredad, el pleno del doble, un sistemático rechazo a lo normativo, ciertas dosis de ironía tan mordaz como crítica, un documentado perfil de la sociedad contemporánea y alguna perspectiva existencialista. Esa idea de Gombrowicz que ahonda acerca de cómo se deja de ser lo que se es para convertirse en lo que se nos impone, se refleja con nitidez en este poemario. Balada del Motlawa puede ser la metáfora moderna de la tristeza. En cualquier caso, no pierde el enfoque, ahondando en detalles íntimos o esperanzas que se protegen del dolor para establecer una propuesta coherente que es devenir y piedra angular de su poesía: “Quizá no llegue nunca la calma/y el mar sólo sea una voz triste/que se muere en los arrecifes de coral”, nos escribe en el poema titulado “Cuerpo de arrecifes”. En otra composición, “Nowa Huta” se nos fecha la inquietud: “Lejos de los sonidos de la trompeta/de la iglesia Santa María de Cracovia/y de aquella leyenda del vigía herido,/hoy quiero hablarte del dolor,/...Es un dolor antiguo que desciende/del cielo con la nieve...”. Poesía es aquí inteligente introspección y una turbulenta representación del amor sustentada en una portentosa estructura memorialista, es decir, nociones-clave en su proceso creador. La educación sentimental alcanza una significación esencial que refuerza si acaso las consideraciones expuestas. Paralelamente, el campo histórico sienta las bases para gran parte de su obra, tanto la ficticia como la ensayística. Añadiría que el valor y el manejo de los pretéritos en este poemario no sólo son un rasgo sobresaliente sino también diferenciador. De ahí que se produzca un permanente retornar a las raíces, un constante girar a las fuentes clásicas, un contundente planteamiento de la alternativa del origen como referencia indispensable de la literatura y de la vida. Poesía sin convulsiones pero incesante en sus experiencias y exploraciones. Poesía palpable que toma el terreno de la geografía como espacio para manifestar tensiones. Poesía vibrante que implica y evoca a la vez en una sabia mezcla de tono crítico y concepción sensual. Poemas como “Chopin”, “Una noche Copérnico observa una estrella desde Frombork”, “Historias inciviles” o “Tiempos modernos” son algunas muestras ilustrativas. Balada del Motlawa, entre sus aportaciones, posee la capacidad de generar interpretaciones de gran riqueza para el lector, no se aleja de una visión comunicativa como fórmula conceptual de la poesía pero no huye de las posibilidades de la figuración.

 

 

LAS CAMPANAS DE GDANSK

 

                                                              A Günter Grass

 

Las campanas de Gdansk tienen el brillo incendiario

De los amaneceres sobre el Motlawa

Y el consuelo de las palomas.

Son bronces ebrios de gratitud

Y ruiseñores que gorjean.

Claros ríos de murmullos

Que ascienden evangélicos

En el vertiginoso estío.

Zarzas que encienden la paz

Y ocultan el gemido del viento

Mientras el corazón místico

Las proclama.

Compiten con los pájaros

Y los blancos salterios

Pero su corazón es más puro.

Y es su despertar corolas

Que se abren y campos inflamados.

 

 

TIEMPOS MODERNOS

 

Siempre quedará la oratoria

y la amargura de los suburbios.

Buenos tiempos para las versiones

originales de lo que es una senda,

húmeda de sangres y ríos.

Bailamos el regreso de la libertad

y sentimos que oleadas

de electricistas invocaban a Juan Pablo

desde Gdansk hasta Zakopane.

Algo ha cambiado en nuestra alma

y bailamos con los sindicalistas

y los militares y los arzobispos.

Nuestra alegría es en tecnicolor

y las lágrimas las hemos dejado

en los últimos ataques de los alemanes,

Vístula abajo o en el frente ruso de Lublin.

Nos sedujo la televisión

y la oratoria, un sucio discurso

que hablaba de limpieza y progreso.

Hemos conquistado la felicidad

cuando apenas queda nada en pie,

sólo suburbios y grandes palabras.

 

 

HISTORIAS INCIVILES

 

“Nunca más la guerra”

HENRIK SUCHARSKI,

                                                           Comandante de la plaza de Westerplatte.

 

                                   La muerte siempre es cosa

De otros, de seres anónimos

Que no caben en el  viento,

Es un ánfora de tempestades

Que busca cuerpo a la deriva,

Un negror de retamas en ardentía.

Cada uno lleva su atavío

De zarzas que arden

En el crepúsculo violáceo

De una tarde en ruinas.

Pero siempre es anónimo

El que muere

En la cruenta oscuridad,

Dejando el aire beodo

Y la música de cuchillos,

Los huesos encenagados

Por la tenebrosidad de las cenizas

Y las espinas como gredas

Que construyeron lo que somos.

Toda nuestra historia

Está llena de tumbas

Y cruces muy ordenadas

Que son como graznidos

de herrumbre en la noche.

 

 

CHOPIN

 

El amor es el fraude de los sentidos,

El hueco de las palabras,

El rugido de los corazones,

Tú lo sabes,

Ahora que ya nos moldea el tiempo

Y podemos guardar sigilo.

Ahora que quizá Chopin toque el piano

en la Zelazowa Wola y haya dejado su corazón

como una aldaba, emparedado en la piedra

de una iglesia de Varsovia.

Pero yo te quiero

Con el tañido del teclado

Y el pálpito de un corazón que suena.

Llueve en ti, cercano el otoño,

y la música puede ser la cadencia

de tus ebrios labios,

hojas que lamen las escalinatas

de este templo donde está cautivo

Chopin, y las notas suenan

y los valses nos siguen cuando bajamos

las escalinatas y el mundo estalla.

Sólo ruge la verdad cuando me miras,

quizá sólo sea el corazón

de Chopin emparedado.

 

 

UNA NOCHE COPÉRNICO OBSERVA

                          UNA ESTRELLA DESDE FROMBORK

 

 

De nada sirve ya la mecánica palpitación del mundo

ni el lugar que ocupan las aves que desde el mar

anegan estas mansiones. Los hombres han ladrado

demasiado en el indomable laberinto

de las catedrales y las sacristías.

Ahora sólo veo la fulgurante estrella

que reverbera como una respiración

en el orden celeste del mundo.

Sólo me llega su llama antigua

y su sonido que es la consagración de la claridad.

Es el mar de luz el que anega estos ojos

cansados, ahítos de tanta estupidez mundana.

Pero hoy te espero en el ojo oscuro,

poderoso como el primer sonido de la creación,

con la ansiedad de las horas,

feliz porque la vida ha creado el orden.

 

 

EL CAMPO DE TUS OJOS

 

 

Y te has visto en la nieve

construyendo el silencio de la tarde,

solitario en medio de las campiñas

de ceniza, que son como los cauces

oscuros de cualquier riachuelo seco.

 

Todo un mar negro y nieve

la memoria, un angosto mar lejano,

en la espera de los campos sin flor,

la frialdad rota de tu cuerpo sepia.

 

Lejos el horizonte

abría la claridad de la esperanza,

ese invierno de sucia claridad

que es como un ceniciento catafalco

en campos sin retorno.

 

Y te has sentido preso

de los ojos de antaño, las mazmorras

de la memoria, en este

invierno, abierto campo,

vencido por el frío.

 

 

DONDE EL SOL ANIDA

 

 

Sabes que hoy es noviembre

y ruge el viento como un perro herido.

Los postigos de tu cuarto han cerrado

la postrera claridad de la tarde

y el silencio, reducto

de esa estancia en bruma,

ha pernoctado en ti como un chacal.

Se ha hecho largo ladrido la noche,

redimidas sombras en desbandada,

cachorros de arrebato.

Te has sentido sucio y criminal

como un matón a sueldo

al que sólo persigue el infortunio,

cómplice del asesinato de la vida

o acaso resto de algún petrolero

que obita en mar lejano.

 

 

Ir al principio




Ed. Rondas

 

TORÉS, Alberto (2005): “Basura del corazón” en “Estudio preliminar” de Tránsito, Jaén: Instituto de Estudios Giennenses, pp. XV-XVII.


Una inspiración elegante, luminosa, argumentada que responde con personalísimos atisbos de originalidad al impacto de la ciudad. Un poemario con una fuerte carga conceptual que se manifiesta en un lenguaje cuidado, minucioso mas desobediente.


Aquí el poema no es sólo lo que reside en el mismo texto sino las ideas que anida y con las que se carga el poema. De ahí la extrañada importancia que adquiere la disposición diegética. Los paréntesis son protagonistas de un recorrido que sin perder esencia va buscando las claves del hecho cotidiano.
Este segundo poemario es una óptica radical donde la contradicción logra espléndidos resultados. Subraya el poeta un apuntalamiento ético que asigna promesa y realización históricas:


Me he rajado todo el corazón
en busca de la piedra que aniquile
el último escalón de vidamuerte...


Pertenece al poema “Suicidio”. Del texto “Suculento camino” también entresacamos:

Sobran los versos
para la Eternidad
del solo, del número, de la plusvalía.
Para hacer el camino
sobran guerras, espantos, ladrillos.



Paralelamente atendería a los aportes de Claude Le Bigot [1].
El poemario, con todo, se vuelve hacia el interior, y ese gesto transforma la composición en un recuento sensible que no en una disposición vociferante. Si, la poesía de la experiencia -por citar, una tendencia todavía en activo y relevante dentro de nuestro panorama poético de inmediato- propuso la abolición de la modernidad, solicitando un lenguaje comprensible, rechazando el aspecto circunstancial de las vanguardias así como de la experimentación, en el caso de Morales Lomas, la modernidad y la experimentación son precisamente sus dos mejores bazas, aunque comparte ese reclamo de realismo sustancial, esa experiencia socialmente armonizada para liberar el discurso poético de todo artificio. Puede percibirse con toda nitidez en el poema “Sabrás todo”:



He de contar, facsímil,
el tremoleo de la rata
en la alcantarilla.
Hacia abajo,
en la espeleología
de la razón humana.



Conviene recordar que, por otro lado, F. Morales Lomas cursó sus estudios de Filología Hispánica en la Universidad de Granada y que se impregnó del mismo ambiente que entonces se respiraba. En cierta medida, por afinidad pero por cercanía, no estuvo ni alejado ni reacio a las tesis de “la nueva sentimentalidad”, compartiendo aulas, materias, lecturas y profesores tan cruciales en esta materia como Juan Carlos Rodríguez. Sólo el hecho de haberse trasladado a Barcelona refuerza el camino de la experimentación particular. En este poemario se manejan extremos: la experiencia cotidiana pero también el existencialismo onírico, el imperativo cultista y la propuesta contemporánea de la intimidad que ha de conocer variaciones discursivas. Son entonces unas sucesivas puestas en escena de juegos de contrarios, espejos, reflejos, guiños vanguardistas.


Transversalmente emergen una serie de diálogos e interrogantes que el poeta dispone a lo largo de todo el libro porque está declarando que el elemento azaroso no sólo es prescindible sino ajeno a la propia invención literaria. Morales Lomas, en esta segunda entrega, ya plantea la necesidad de reivindicar la memoria, la pertinencia de acudir a la historia para enriquecer en conciencia al mismo poema.

ANTOLOGÍA POËTICA

CUERPO CALINO

La escuadra del Odio habitó
en maridaje perfecto
con el hombre concreto,
desprendió la cal de sus venas
hacia el suelo cual vertebrado opaco,
asiento de lo putrefacto.

Y la voz se hizo eco
mugido
de profundas resonancias...

Se quebró la luz
de su cuerpo
proyectando en la pared del edificio
un tierno cordón de Muerte.

El Odio se aventuró una vez más.

Explotó, sancionó, arrojó
mil haces en plurales direcciones
siempre con la misma intensidad y sinestesia.

El hombre, que ya había perdido
el sigilo de lo cotidiano,
se abrazó al día besando
con eros cada minuto justificado.

Haces felinos enfilaron
la línea horizontal
siendo ya deshecho de luz.

Al llegar de nuevo el rayo todo ha sido inútil.




PEINE DE PLOMO


Cuando Juan‑calle se convierte en un mundo
de hombres adocenados,
dejo pasar la última sonrisa entre sus dedos
que se escapan de entendimiento amoroso.

Cuando Juan‑calle se tiñe el pelo de noche
y espera que el cartón con los últimos
rayos de la sensibilidad le apriete la yugular.

Cuando atado al pasaporte de nuestra
existencia retrato la opacidad hacia el futuro,
como fustigado amante.

Cuando me abanico el escozor del cerebro
con un peine de plomo entreabriéndome
a la sílfide ocasión de la nada.

Entonces.
Cuando tantos cuandos se busquen
en el tiempo para grabar mi historia,
romperé al hombre en cien amapolas.

Cuando mis venas respiren la gasolina
de la noche como el que come santos
de esperanza.

Cuando se sienta el camino
entre mi cemento plateado.
Cuando sea un futuro
que no me coma en la derrota del farol de turno...
Cuando la vida sea la boquilla encendida...
Cuando me encuentres dormido.
Cuando...
Cuando, ah la vida...

Justo entonces podremos mirar sin asombro
a un niño que juega.


ALBORADA


Ha rugido tantas veces,
Madre,
Brotada desde el asfalto,
Nuestros pañales
Eran crin de terciopelo,
Los lagos de sangre...
Y tú inquirías la epidermis
De la Muerte, como el que cuenta
Érase una vez...

Ha bramado la Epidemia En los libros, púberes
De tanta violencia
Cuando se arrastraban
Durante horas y horas
Llevando por compañero al silencio...

La Epidemia lo ha seguido,
Una y otra vez,
Rozando ladrillos y leucocitos,
La abrazaba dulcemente
Llamándole amor.

Ha increpado a guardias
De blanco,
Anunciados (todos) del mismo color,
Con niños breves en sus brazos,
Igualmente viejos.

El aire ha mugido denso y opaco:
Sílabas tónicas,
Rabias,
Terremotos,
Percances,
Odios,
Límites,
Verbos...
Y ha gritado a los óbitos,
Con los brazos cosidos
De niños débiles y cenicientos.

La sangre ha vuelto a brotar
Del asfalto,
Limando la geología
Y los valles, como un volcán
De pájaros...

Todo ha sucumbido todo
Incluso las ratas se han devorado
Unas a otras,
Otras a unas,
Y han sido carne de sangre,
Carne de Alborada.

[1] C. Le Bigot en su artículo, “La poésie de l´expérience”, Europe, Abril, 2000, afirma : “La poésie est donc connaissance de soi et connaissance du monde, reconnaissance de soi par rapport au monde, c´est-à-dire invention d´une identité. Elle exprime toujours les liens dialectiques ou conflictuels entre soi et le monde ; cette position doit être distinguée de la projection d´un désir sur une réalité vulgaire ou insatisfaisante. La concepción de la poesía como vía de conocimiento está muy presente en F. Morales Lomas.

 

 

 

 

Ir al principio




Málaga: Ed. Sarriá, 2003.

 

PELÁEZ, Esperanza (2003): “La transición vista desde abajo” en El País Andalucía, 25 de junio, p. 10.

“Aunque no se haya derramado sobre ella tanta tinta como sobre la Guerra Civil, la transición española es una mina literaria en la que algunos autores empiezan a descubrir vetas prometedoras. Candiota, la propuesta del escritor jiennense afincado en Málaga, Francisco Morales Lomas, se asoma a esa etapa apasionante desde abajo; desde el prisma de personajes marginales que deambulan por las callejas menos nobles de una Granada que empieza a respirar tras la asfixia del franquismo.


Sin embargo, el viaje hacia la luz de la ciudad y de la sociedad es exactamente el inverso que el que recorre el protagonista, Roberto Tocino, un muchacho de origen rural que, como tantos en las décadas de los sesenta y los setenta, emigra con su familia a la capital, donde su padre ha conseguido un trabajo de portero en un antro nocturno.


Roberto, fascinado por embrujo de la noche, se convierte en reyezuelo de ese mundo aparte, poblado por prostitutas baratas y resabiadas, artistas fracasadas y empresarios broncos y pervertidos, dispuestos a saldar un quítame allá esas pajas a golpe de cuchillo.


Así, mientras España se abre a la libertad de expresión, al a tele y a la euforia democrática, Tocino culmina su particular odisea entre tinieblas. Contada con un lenguaje que mimetiza el habla de la calle, con toques de humor negro y sin abundar en el drama, Candiota viene a ser casi una actualización de la novela picaresca, además de una lectura amena y ágil.


Lomas, dos veces finalista del Premio Nacional de la Crítica, autor de poesía, crítico literario, ensayista filológico, autor teatral y profesor, afirma que el tono de desencanto que preside la novela es “casi inevitable, si se mira hacia la transición más de veinte años después”. “Esperábamos mucho, y al final hemos descubierto que aún somos deudores de los 40 años de franquismo en muchas de nuestras caídas actuales, como la corrupción o las tentaciones antidemocráticas”, explica. “En todo caso”, precisa, “no he pretendido novelar la transición, sino que he escogido esta época porque me daba un contrapunto perfecto para la caída personal del protagonista”.



FRAGMENTO DE CANDIOTA

La señora Julia nos conducía como Ariadna por un largo pasillo pintado en celeste con una cenefa marrón. En la parte superior de la pared había fotografías de su marido realizadas en Francia y Alemania, lugares donde había trabajado como emigrante hasta el año sesenta y seis en que se produjo el óbito. Siempre aparecía en las fotos muy bien vestido y sonriente, acompañado de amigos españoles y hermosas beldades nativas a quienes tildaba él como mujerucas pagadas para la ocasión de la foto. Al menos eso era lo que contaba Buenaventura a su querida Julia. La señora callaba y reía para sus adentros. Animal solitario, se había acostumbrado al aislamiento como el pez al agua y sabía desde pequeña que la jodienda no tiene enmienda y que homo homini lupus est. Desde luego que su marido se la pegaba con alguna normanda, como ella decía. Pero lejos de encolerizarse y crear una historia desventurada de cuernos y venganzas, cuando regresaba Buenaventura durante las vacaciones de Navidad y verano (no siempre) era tierna y afectuosa con él, colmándolo de carantoñas y abriéndose de piernas como es natural después de una larga abstinencia. Al cabo de un mes lo despedía en el tren, le soltaba algunas lagrimitas y hasta otros seis, siete o diez meses sin verlo. Por supuesto que nadie en el pueblo podía creer que Buenaventura, ni tantos emigrados como había, estaban durante meses de ejercicios espirituales carnales o tocándose la zambomba. Todos tenían sus amantes, colgadas, barraganas, querindongas o entretenidas, con las que despachaban la correspondencia de la libido y el poco tiempo libre que les quedaba después de unos turnos de más de doce horas que los dejaban exhaustos. Y es que el hambre era dura y habían marchado lejos de su tierra porque si te habitúas a no comer acabas convirtiéndote en un criminal. Y pocos querían echarse la trapera al cinto y tirarse al monte. Hacía ya tiempo que habían acabado los maquis y no era cuestión de seguir pegando tiros por aquellas sierras.


El general, aconsejado por algún despabilado de turno, se quitó el mochuelo del paro del medio y abrió la puerta para que los últimos pobres del imperio se ganaran unos cuartos en tierras de bárbaros. Pero no llegó a calcular seriamente el mal que se le venía encima: la destrucción de su propia obra. Los emigrantes eran hombres y mujeres que se iban analfabetos y volvían exigiendo derechos por escrito, y eso, a la larga, acaba con el gobernante más pintado. Los emigrantes aprendieron principios como el derecho al trabajo, la libertad de expresión o la igualdad. Los emigrantes fueron una cizaña que se metió el general en su laberinto sin darse cuenta de la trascendencia de un puñado de analfabetos. Pero un analfabeto con ganas de aprender es una bomba cultural de relojería retardada que más pronto que tarde explota y se organiza para exigir lo que nunca le han dado. También vendrían con nuevos hábitos sentimentales, mucho más liberadores, en una sociedad en que mirarle el tobillo a una mujer ya era atentar contra el sexto mandamiento. Así que Buenaventura llegaba felicísimo y también se marchaba felicísimo, porque como decía el Garbancero sabía que tenía olla caliente por donde fuera...

 

Ir al principio




Cózar, Rafael: “Adicción literaria: Morales Lomas” en El agua entre las manos de Morales Lomas, Aula de Literatura José Cadalso, San Roque (Cádiz), 2006, pp. 3-5.

 

 

ADICCIÓN LITERARIA: MORALES LOMAS

 

 

Rafael de Cózar

Catedrático Universidad de Sevilla

 

          Paco Morales Lomas tiene una relación con lo literario que pertenece al ámbito de las adicciones, de las dependencias, de los vicios, como aquellos que uno inició de joven y se te fueron quedando impresos sus efectos en las células, hasta el punto de que ya no resulta suficiente con el coqueteo esporádico con alguna de sus sustancias, sino que nos lanzamos a todas las variedades con la convicción de que ya no hay cura. En este sentido, no sólo se merodean, catan, afrontan y sufren las diversas posibilidades creativas de la literatura, sino que también, lo cual es menos frecuente, nos atraen el campo de la crítica, la investigación, el estudio profundo de lo literario, todo eso que es menospreciado a menudo por los que ingenuamente se consideran creadores puros.

 

         Lo cierto es que no conozco a ningún poeta que no sepa muy bien lo que hace y por qué lo hace, que no sea un gran lector y capaz por ello de una existente autocrítica, o crítica de lo de los demás, aunque a veces lo oculten. Lo de la inspiración y las musas, lo del arte que fluye con naturalidad, sin esfuerzo, es una falsedad evidente, lo que ya confirmaba Baudelaire. Sólo quien es verdadero creador puede ser buen crítico, pues la crítica es también creación y como manifestaba Shelley (Defensa de la poesía), todos los grandes filósofos, profetas, historiadores, o líderes sociales de la historia fueron poetas, tenían alma de poetas. La experiencia en carne propia de un estudio de Morales Lomas me permitió comprobar que uno no está a salvo de que te desvelen íntimos aspectos si el lector que te analiza es agudo lector y encima hace pública su agudeza, evidenciando que la duda entre ficción y verdad que conlleva todo texto literario quede a la luz pública. Al menos cabe la esperanza de que no todos los lectores tienen tan finos bisturíes entre sus manos.

 

        Y según lo he afirmado, Paco puede ser un buen ejemplo de abordaje, siempre con nivel, del relato, el poema, la narrativa más extensa, el artículo, el comentario literario, o el estudio más profundo incluida la enseñanza de la literatura, profesión que nos permite vivir todo el año (y no sólo beber) de la literatura.

 

     En este caso, dentro de una colección que ya ha hecho historia, gracias a Juan Gómez Macías, nos ofrece Morales Lomas una selección de poemas, El agua entre las manos, donde aborda desde el principio la difícil temática amorosa, ahora desde la tenencia, no la aspiración ni la pérdida, como es más frecuente.

 

      Unos primeros poemas, de mayor extensión y perteneciendo a libros anteriores, abren el cuaderno, que se completa con poemas inéditos más breves, pinceladas que perfilan y amplían la órbita al principio trazada.

      Y en el conjunto queda así esbozado el amor de la vivencia, amor de madurez, que procede de haberlo catado y que deja constancia además de esa catadura, con detalles concretos evidentes. No es infrecuente que los poetas jóvenes, como ya he señalado, escriban de amor porque aspiran a él, o cuando lo han perdido, apenas sin probarlo. Hay que tener cierta edad (o experiencia en vivirlo) para poder hablar del centro de la experiencia, esos momentos en que uno sabe que le “tienen en el bote… como las aceitunas”, prendido y amante como un niño, pero capaz de afrontar los cuerpos como adultos, con la carnalidad que la experiencia exige y conlleva.

    El amor que se refleja en los poemas es un amor de lo cotidiano, de contactos y tactos, de besos, de jugar en la cama al “pilla pilla”, sin merodeos líricos: “Sonríeme, bésame, bébeme. Víveme, / lo demás son apartes, apuntes y pespuntes…”, pero también de lo que acompaña a todo eso: a veces la tristeza, la distancia, encuentros y reencuentros, la conciencia destiempo y la ausencia de eternidad, el vacío y la memoria como agarradero para mantener vivo el sueño.

      El tiempo también va pasando entre las páginas, según avanzamos en esta selección poética, sobre todo en la serie de inéditos. Es evidente que un amor no idealista, que no es sólo carnal pero que tiene en el tacto un valor esencial, obviamente recibe los impactos del paso del tiempo en el espejo, frente a los espejos de la juventud, pero es efectivamente un signo de madurez reconocer, cuando “el vivir se nos hace lento”, que así es en definitiva la vida, tal como el título del primer poema, “Lecciones de historia”.

     No cabe duda de que este cuaderno es una antología, pero Morales Lomas ha tenido el acierto de confeccionarla con un eje, un hilo conductor bajo ese título general que alude simbólicamente al contenido. El agua del amor no puede ser eterna en nuestras manos, pero tampoco es cierto que salga tal como entra, pues hay un tiempo en que permanece, mayor o menor según apretemos los resquicios entre los dedos. A algunos el amor les dura menos que una ganzúa en el patio de la prisión. En el fondo es cuestión de esfuerzo, de la importancia concedida y de dedicación al tema, no sólo literariamente. En esto estamos ambos en la misma cuerda: el amor, la vida, o la literatura, nos tienen en el bote, o sea que somos como las aceitunas…

 

 

LA FLOR DE LA CANELA

 

Ahora que aún se mece en un sueño

Tu memoria de palabras abiertas

Y jazmines que crecen,

Quiero dejar la noche mojada

Por tu verbo y tus lágrimas.

Como si ya no tuviéramos

Que morir ni dejar en el olvido

Nuestras almas desnudas.

En el viejo puente, en el río

y la alameda te esperaré siempre

navegando las aguas del Motlawa

como héroe que regresa

en la luz indiferente del amanecer.

 

 

 

Y EL MUNDO

  

Hay un hombre y una mujer

que se hunden en el instante

y son finitos en sus sollozos

y en la contaminación de su tristeza.

 

Una mujer como un arcano

que no extingue su horizonte.

Un hombre como un hijo

que padece su vuelo de carbón.

 

Y ambos con su realidad a medias,

con su invisible corazón que juega.

 

Une el aire sus puentes

y acaso la ternura sus bocas.

 

Frutos de la benevolencia de las manos,

de esa alerta que el amor crea.

 

Firmes en su propósito de abarcar

el mundo y con ello ser más ellos mismos,

más tierra que retoña.

 

Su delicadeza de seres que se abrazan

bien puede caber en un silencio

o en una noche junto al mar,

pero su empuje de rosas viene de lejos,

de esa carne remisa al cansancio

y su osamenta.

 

Su obra son ellos mismos atados

al universo, con los balcones que crean

sus surtidores y la necesidad

de amarse para que las heridas del mundo

no los ahoguen.

 

 

 SOLEDAD QUE VUELA

 

                                     Ahora el silencio nos ocupa.

Sin nadie, sólo, en la lejanía.

Regreso al vacío que como un fantasma

Me protege y de mí se apiada.

Quizá sea pájaro

Que asciende los cielos

Y en la infinitud del aire

Se solaza y crece.

Navego hacia el horizonte

Que nunca alcanzaré

Sin más velas que el bramido

Del oleaje y la historia

Que se resiste a morir.

 

 

FUEGO

 

Digo ojos y se ilumina

la palabra que asciende

al cielo y, fúlgida, enciende

la antorcha de luz divina.

Claro arcano que camina

por las escalas del cielo

y despojada del velo

del mundo, en desconcierto,

alienta en el dulce huerto

                                      la esperanza del vuelo.

 

 

 

REENCUENTRO

 

Ayer te besé en los labios.

Fue como el beso del recuerdo,

El mismo beso de un verano joven

Que ya dura muchos años.

No sé si mis labios ajados

Sucumbieron ante el peso

De tu arrogancia

O fue tu cuerpo desnudo

Quien me devolvió el poso

De la memoria.

Si sé que tus palabras

Zozobraron contra el mascarón

De proa de mi cuerpo.

Que el silencio habitó

Cada palmo de la piel

Y ya sólo fuimos

Infancia que vuelve.

Morena o rubia,

Con el hábito de la carne,

En el pretil de tu mirada,

Te conté la historia

De estas arrugas que me invaden.

Me desvanecí en el sigilo

De tus largos dedos albos.

Luego me pediste

Pruebas de mi amor,

Como si el amor

Admitiese propuestas

De abogados.

Quizá algún presente

Sonoro que llevarte a la cama.

Pero sólo supe darte

Un puñado de palabras vencidas,

La película antigua

Que durante muchos años

He soñado.

 

 

Ir al principio




Ed. Alhulia, Granada, 2007.


LAS PINTURAS NEGRAS DE GOYA
Y EL EXTRAÑO VUELO DE ANA RECUERDA
DE F. MORALES LOMAS

Juan Jiménez Padial


F. Morales Lomas, actual presidente de la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios que concede anualmente los Premios Andalucía de la Crítica, es un escritor versátil. Ha desarrollado su campo creativo tanto en la lírica como la narrativa, el teatro y el ensayo, aunque es verdad que de forma desigual porque su producción dramática, por ejemplo, apenas si es conocida

 

El relato, la narración, de hecho fueron en su origen uno con la poesía (después llegaría el teatro) y desde que era un adolescente escribió relatos y prosas, según me ha comentado. Algunos libros de aquella etapa juvenil por ahora siguen estando inéditos: La mala pipa, Los parques del cielo o Los breviarios de Wítember.


Sin embargo, la mayoría se han publicado: dos libros de relatos El sudario de las estrellas y Juegos de goma; y otros como El regreso (publicado en Historias republicanas), Un intruso en el cielo (en Andalucía, naturaleza y arte), Subida al cielo (en Árbol de bendición) o El laberinto de la esperanza y Tesis de mi abuela (que se publicarán en breve), etc. También se han publicado las novelas: Candiota y La larga marcha.


El extraño vuelo de Ana Recuerda cierra una trilogía sobre la Transición, y en ella hay que incluir también Candiota (Ed. Sarriá) y La larga marcha (Ed. Arguval). En ellas se suceden los años que preceden a la muerte del dictador hasta la llegada de la democracia y las elecciones democráticas después de cuarenta años. Se produce en su desarrollo una gestación de individuos, una formación de individuos que todavía no están plenamente acabados, construidos, que están como en un proceso de creación, como en procedimiento de formación como seres humanos. En algunos casos, como el protagonista de Candiota, son seres ajenos a la sociedad, ésta no les interesa como tal cuando no están decididamente a luchar contra ella. En otros, como en La larga marcha, son sencillamente individuos perseguidos por las leyes, individuos que huyen y en los que se invierte la carga de la prueba. Son ellos, los acosados injustamente, los que tienen que demostrar que no son culpables y tienen la responsabilidad de la carga de la prueba. En El extraño vuelo de Ana Recuerda son individuos que todavía alegóricamente reproducen la imagen del cuadro de Goya “Duelo a garrotazos”, que pertenece a la segunda etapa de su producción: las pinturas negras. El espectador, en el cuadro, puede ver a dos hombres que luchan con garrotes de madera, pero no pueden mover las piernas por estar hundidos hasta las rodillas en arenas movedizas. No se puede evitar esta pelea, que va a terminar con la muerte de uno de los dos. Uno de esos dos muertos inicia la novela El extraño vuelo de Ana Recuerda, en la que sus personajes están también enquistados en dos bandos que no pueden mover sus posiciones, bandos que no representan en ocasiones ningunas ideas sino posiciones antitéticas y, a resultas, trágicas.

 

Las arenas del país fueron y han sido inestables. Sin embargo, la proyección estética de esta novela lo que presenta es una traslación del mundo trágico de origen griego a una sociedad encerrada en la montaña, en su propia geografía, una sociedad que te anima a entrar por su belleza exterior pero de la que no puedes salir una vez que has entrado, como le sucede a la protagonista de la novela, Ana Recuerda, que se aleja a Cártugos para olvidar, precisamente ella, que lleva en su apellido la memoria. Sospechamos que la novela, desde este ámbito, adquiere en consecuencia un gran protagonismo, a pesar de estar inserta en ese ámbito de la Transición al que me refiero, un ámbito de la sociedad española casi a medio crear, como los personajes de El extraño vuelo de Ana Recuerda, a los que podríamos considerar precoces sociales, aprendices de demócratas, en buscar de ser alguien.


En aquellos años todos aprendían algo (se ve que todavía estamos en ello) y los personajes de El extraño vuelo de Ana Recuerda estaban en proceso de gestación, de construcción, como esa metáfora, esa alegoría del escultor que ve cómo progresivamente su escultura va saliendo de la piedra, y, sin embargo, todavía forma parte de la misma, todavía forma parte de su pasado, de sus rémoras, de sus atavismos, de su código genético de hombres de Cromagnon. Los personajes de El extraño vuelo de Ana Recuerdan están atados a su pasado, a sus demonios familiares y sociales, a sus atavismos, y no pueden crecer, no pueden salir de la piedra, no pueden ser personajes en busca de un autor, son medio-personas.


En un artículo publicado en El País el día 27 de octubre de 1981 por el escritor José Antonio Gabriel y Galán titulaba “La inenarrable adolescencia española” y decía, entre otras cosas, que “su adolescencia perdura a través de los tiempos: siempre trata de encontrarse a sí misma y en ese vano intento se pierde cada vez más. Suele poner en marcha una esperanza cotidiana en la que confía más que en cualquier providencia infalible. Una esperanza que funciona sola y que le mantiene satisfecha. Después de cuarenta años se murió el padre, en muerte largamente anunciada y deseada. Parecía evidente que tal golpetazo haría reaccionar a la sociedad española instándola a una madurez aún posible y fecunda. Y no. Siguió aferrada a la adolescencia, es decir, al reino de la provisionalidad. Hay quien piensa que arrastra el trauma de no haber sido capaz de matar al padre… Quiere dotarse de un nuevo padre, por propia voluntada… y anda haciéndole carantoñas al Rey, musitando salmodias al Rey, para que se convierta en padre…” Ya ni eso.


Con El extraño vuelo de Ana Recuerda, a través de sus casi cuatrocientas páginas, desentraña también la alegoría de este país a través de una serie de personajes en los que se concentrará coralmente esa búsqueda, esas ansias de libertad, de seguridad, de esperanza, de felicidad, esa necesidad de desprenderse de los genes que los ataban al pasado, que los mantenían sujetos a los dos garrotes y con las piernas clavadas en el fango de las propias miserias de individuos y de país.


Y para construir esa parábola de esa transición se sitúa en un lugar mítico, en un territorio literario creado ex profeso: Cártugos. No es nada nuevo, Vetusta para Clarín, Oleza para Miró, Macondo para García Márquez; Región para Juan Benet; Celama, para Luis Mateo Díez; Mágina para Muñoz Molina… Algunos críticos han querido identificar este territorio literario con Pórtugos en La Alpujarra granadina, pero no es así. Es un lugar de La Alpujarra granadina, pero un lugar aislado, como lo fue España durante tantos años, sumida en la autarquía económica pero también en la de los sentimientos, las emociones y la reflexión vital.


En El extraño vuelo de Ana Recuerda, en cierto modo, está profundizando en los fantasmas del cainismo español tradicional y en la necesidad de una permanente búsqueda de la esperanza y la felicidad, no sólo personal sino social. Sus personajes parecen extraídos de un sueño, formando un enjambre, una colmena de seres enfrentados, de historias tenebrosas y llenas de imposturas en el que cada uno juega quizá el papel que no le corresponde. Una novela que profundiza en la condición del ser humano y se deja conducir por la realidad y la sugestión imaginaria de sus demonios interiores.
El escritor y crítico Fernando de Villena ha dicho que El extraño vuelo de Ana Recuerda es un «hito de la narrativa actual andaluza.» Salvador Compán la ha saludado como una buena novela y Juan Campos Reina como una novela que remoza el mito insertado en las tragedias griegas.

 

Ir al principio



Revista Gibralfaro de la Universidad de Málaga, número 59, enero-febrero de 2009, http://www.gibralfaro.uma.es/criticalit/pag_1515.htm

 





Colección Agua de Mar, Ed. Corona del Sur, 2002.



LARRABIDE, Aitor L. (2003): “La isla de los feacios”, en Empireuma, núm. 29, pág. 36.


Francisco Morales Lomas autor de una ya estimable obra (Veinte poemas andaluces, 1981; Basura del corazón,1985; Azalea, 1991; Senara, 1996; Aniversario de la palabra, 1998; Tentación del aire, 1999; y Balada del Motlawa, 2001) también ha ocupado su tiempo como ensayista y antólogo (Literatura en Andalucía. Narradores del siglo XX, o Poesía andaluza en libertad. Una aproximación antoló­gica a los poetas andaluces del último cuarto de siglo, 2001), miembro del consejo de Redacción de "Papel Literario y amigo de "Empireuma", ha dado a la estam­pa un poemario coherente, en donde se mezcla el memorialismo y la preocupación por los problemas sociales. Creo que ambos temas no se contradicen, al contrario, se hermanan y superpo­nen.


La isla de los feacios se estructura en tres partes: "Del lado de allá" (12 poemas), "Del lado de acá" (12 poemas) y "De otros lados" (11 poemas). Armonía en la división del libro, como vemos, con reiterativos motivos que se entrecruzan, como veremos.


Libro memorialístico porque en el primer poema, "Ciudad en la distancia” el yo poético afirma: "Fragmentos de una memoria que ahora/Trato de reconstruir (p. 13). El recuerdo, la rememoranza se torna con frecuencia triste, cuando sale en escena la sombra de un niño muerto (pp. 27 y 56). La presencia de elementos que actúan como símbolos (el fuego del hogar o la tahona, por ejemplo, son sintomáticos) ofrecen personalidad y empaque al libro. Veranos, la siega, la constancia de una presencia materna que recorre, con terquedad y ternura, las estancias aparentemente inamovibles de la Historia, los árboles frutales, símbolos de la fertilidad y de una esperanza de porvenir gozoso, los piratas como arquetipos de un pasado que no puede volver, etc., forman parte de ese ejercicio de recordar, con dolor y también dulzura. Sólo quedar convivir con el pasado, pactar con él.


La preocupación por los pobres o desheredados de la tierra se advierte ya en el poema "Lecciones de Historia" (p. 23), donde podemos leer: "Un hambre que sólo se detenía en el pezón/De una mujer o en el alma de un leproso". Más adelante, en el poema "La Farola" (p. 43) o en "El destino de una lágrima" (p. 49) vemos con mayor claridad la solidaridad que alimenta la voz de un exiliado de sí mismo. Es de destacar el hermoso poema "Un marinero busca las olas" (p. 44), construido en dos partes, todo él sumido en la nostalgia de un imposible ayer.


La tercera y última parcelación del poemario se fija en reflexiones en prosa con un alto contenido poético, casi todos los poemas se basan en la filosofia oriental. De nuevo, una pequeña joya: "La opinión de las cosa? (p. 62), en donde se iluminan la sorpresa y el humor. El libro concluye con esta penetrante sentencia: "Hernos dado tantas vueltas, hemos girado tanto que nunca hemos salido del laberinto donde nos encontramos" (p. 65).


En definitiva, una voz clara, que busca la profundidad y perennidad de lo sencillo, sin falsas pretensiones, pero tampoco sin escamoteos, puramente. Libro que aspira a perfumar nuestra piel con algunos versos. Sencillamente, pero ¡qué dificil conseguirlo!



ANTOLOGÍA DE POEMAS


CIUDAD EN LA DISTANCIA

Pudiste ser ciudad con avenidas,
Aclarada por palomas y fuentes
Que como surtidores llenaran la mañana.
Pero fuiste la herida de una tarde
Con senderos vacíos que se pierden
en el monte, urdidos de distancias y palabras,
Como chorro de agua que asciende al cielo,
Fragmentos de una memoria que ahora
Trato de reconstruir.
Se serenan las calaveras junto a los arroyos
Y las niñas saltan al saltador,
El silencio se alza con su frontera
De sombras y una mujer tolera el crucifijo
Como un estigma en el pecho candente.
Tiempo de rótulos y academias militares,
De amores imposibles que como enredaderas
Ascendían por las paredes del pensamiento.
Vegas de frío y cálidos
Abrazos en la estación de poniente,
Fútbol en los senderos y las tardes
Besos en las esquinas en tinieblas.
Miro esta aparición nocturna y los años roznan
trashumantes por los rancios atajos.
Ciudad de altas atalayas y esquinas,
Ciudad de plazas con muerto en el centro
Y las iglesias sacramentadas con aroma
A incienso recién cortado en los campos.
Es primavera, casi luz ceniza,
Y lo turbio recobra su sentido,
La predisposición a ser eclipse.
No recuerdo dulces almas dormidas,
No quiero recordar por más que quiera
Las placetas vacías en domingo,
La soledad rumiando callejones,
Ni las prédicas de las ocho en punto,
Con el olor a incienso.
Heridas o base de un edificio
Con muchas plantas y andenes y arcenes.
Me quedo en el bruñido despertar
De un verano, en la acequia
Donde dije te quiero,
En el mismo instante donde palabras
Fueron carne y limpias habitaron el principio.



UN CÁNTARO DE BRASAS

¡Mamá!, te llamaba, y eras agua abierta,
la sensación de un cántaro en los labios,
agua que retorna a su quebrada luminosa
como las golondrinas regresan al verano.

Mamá en el fuego rojo del invierno
acunando las brasas de un futuro
de alpargatas y letanías frágiles,
atenta al desfile de la quimera.

Pero la vida era sucia y ordenada,
de fogatas interiores y abrazos de esparto,
generales que hacen ronda a la noche.
Descosidos y cautivos, no obstante
nos arropaban sus brazos de viento.
Mamá con la alcuza de su vasija
llenando soles en la fuente de la glorieta,
más rescoldo, más cuajada de hogazas.

Llamadla ya por su nombre de cántaro,
como si de una nube redimimos hechizos,
como si al pasado le pusiéramos perfume.
Llamad a ese latido que alimenta,
a esa casa con ventanas de luz.


LA LLUVIA DEL TIEMPO


Quizá una tierna lluvia
y su lente de agua para las manos.
Porque fuimos perdedores de un tiempo
que sólo conocía de imposiciones
y blasfemias. Un pueblo que salió
de Port Bou perseguido por lo rancio.
Después hubo versiones, viejos versos
que se arraciman en la vid de nuestra memoria.
Apenas nada, o casi nada, frases.
Y antiguos principios que presidieron
todas las fachadas con unos rostros
de azufre y mujeres viudas y solas.
Fue una emigración de oscuras maletas
con cordeles y predios en francés.
Venidos de una petenera y atados
a la desventura con nuestro miedo.
El riesgo de que la vida es algo clandestino,
contingencia para la libertad.
Luego escribimos para consumir
el aliento de los compañeros de pupitre
en esa escuela que es la vida sórdida.
Seguramente protegidos por la esperanza,
conocimos los dogmas del corazón,
los únicos acordes, meras letras
del himno sin música que es memoria.
Son como patrias sin fin, patrias viejas
que se nutren de la aspereza de las cornetas
y las estrellas en la bocamanga.

 

 

Ir al principio

Morales Lomas

Contacto
Contactar
Morales Lomas.
C/ Bailaora Carmen Amaya nº 2, bl. 2, 3ºA
29018 - Málaga (Spain)
Email: Morales Lomas